Amores mecánicos

LA CALLE 2 – SIMÓN PETIT ARÉVALO – EL CANDIL – AÑO III – N° 152.

Nuevamente visita nuestra página el amigo merideño Gonzalo Fragui (Mucutuy, 1960). Gonzalo es poeta, periodista y editor venezolano. Cofundador del grupo literario Mucuglifo. Magíster en Filosofía por la Universidad de Los Andes (Mérida).

Ha publicado los poemarios: De otras advertencias, El poeta que escribía en menguante, De poetas y otras emergencias, La hora de Job, Viaje a Penélope y Dos minutos y medio; así como el libro de autoayuda: El manual del despecho; y el libro de crónicas literarias: Poeterías.

En 1990 obtuvo el premio de poesía de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Los Andes, y en 2001 el premio de poesía de la III Bienal Nacional de Literatura Juan Beroes, San Cristóbal (Táchira).

He tenido la fortuna de encontrarlo en las distintas bienales y encuentros de literatura en Venezuela donde compartir con él es un bálsamo al stress con su humor y ocurrencias.

Mi anécdota de hoy:

Gonzalo Fragui

AMORES MECÁNICOS

La primera vez que la vi le hice cambio de luces y rapidito la puse a pistonear. Me froté las manos y me dije, “este es mi rin”. Pedí probarla, la volantié lo mejor que pude, y de inmediato me di cuenta que lo que estaba pidiendo era carretera.

Tenía unos detallitos, le faltaba el tren delantero, estaba medio chocada en los guardafangos traseros, le traqueaban las rolineras, y quién sabe cómo estaría de filtros, pero eso no era problema, un poco de latonería y ya.

Es que a estas alturas del partido conseguir una nueva de agencia es muy difícil. Así que nos pusimos a visitar chiveras, probar motores, hasta que un día decidimos ensamblarnos. La boda fue una fiesta de bocinas. De inmediato hicimos una llave perfecta. La casa se convirtió en un taller, eso sí, sin calendarios con fotografías de mujeres desnudas. La casa-taller la forramos con papel tapiz de la Fórmula Uno, le mejoramos la amortiguación a la cama, la engrasamos, allí pasábamos gran parte del tiempo en medio del exquisito perfume de la gasolina y con toda clase de aceites, estopas, refrigerantes y revistas de Mecánica Popular.

Pero a medida que pasaba el tiempo aquel precioso mundo de tuercas y tornillos se me fue convirtiendo en una llave inglesa que me asfixiaba. Ella ya no se conformaba con aceite nacional y lo único que pedía era gasolina de avión. Al dormir, producía un ruido como si tuviera cuatro tubos de escape. Literalmente, le roncaban los motores.

Otras noches aullaba bajo la lluvia como un gato hidráulico en los techos de la Rue Morge. De día me esquivaba. Andaba sumida en un extraño ruido parecido al silencio. Yo sospeché que algo andaba mal en la caja de velocidades.

Se la pasaba limpiando sus bujías, las micas delanteras, y no salía del espejo retrovisor. Me trataba como si estuviera con el freno de mano metido todo el tiempo. Y lo peor, se olvidó por completo del cardán y de todos los destornilladores.

Un día muy temprano se puso los neumáticos nuevos y se marchó. Yo me quedé con una basurita en el carburador pero no dije nada. Carro que no frecuente taller no es carro. Dicho y hecho. Un sábado en la tarde regresó con las luces bajas y le sonaba hasta la placa. Quería que yo le recargara la batería. Me hice el duro. Le dije que le había prestado los cables-caimán a una camioneta más nueva, pero ella notó que era mentira. Ella sabía de qué lado tenía yo el golpe, rápido se montó en el chasis y puso el acelerador a fondo.

Lo intentamos de nuevo. Nunca nos faltó la valvulina a la mano pero los carros chocados tienen sus resabios. Una noche llegó al taller un Masseratti 3 litros, como los que le gustaba al chino Valera Mora, que la encandiló.

Ella inmediatamente se colocó al volante, apenas movió su mano izquierda, no sé si para despedirse o para indicar que cambiaba de canal, y me dejó aquí todo recalentao, con el motor roto, pasando aceite y las bujías enchumbadas.

Punto Fijo – Península de Paraguaná – Estado Falcón – Venezuela

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