Cándida y Ladislao-Simón Petit

Por Simón Petit Arévalo

El candil-Cándida y Ladislao-Simón Petit Arévalo

No sé que tenía esa casa, pero todo el estacionamiento iba a dar allá desde temprano. Bueno, realmente creo saberlo. La primera en llegar era Chinda quien vivía al lado, pero al frente, es decir, la casa de Cándida queda a la entrada de una vereda estrecha, donde caben unas dos personas si no las apuran mucho, y la casa de Chinda está ubicada frente al estacionamiento 10 de la calle 2 del sector 3 del Banco Obrero.

Al sentir el olor a café recién colado, se dejaba ir primero para dar los buenos días y saludar, y luego se sentaba a conversar con Cándida sobre la tragedia de Rina (La italianita) quien descubrió a Carlos Augusto que la engañaba con Reyna, una prima cazafortunas y que recurre a cualquier artimaña para quedarse con él. Los vio cuando entró a la sala y ellos se besaban. “Qué sinvergüenza ¿no? Esa desgraciá lo que anda es buscando que el otro la empreñe”.

Cándida tiene unos setenta años y Chinda apenas veinticinco; pero como si fueran dos buenas comadres, comentan cada mañana el capítulo de la telenovela que vieron la noche anterior. Pero Chinda no llegó por eso. También iba por el café que Cándida preparaba junto al pan tostado con queso frito o la arepa horneada con huevo revuelto que siempre le guardaba. Chinda realmente no necesitaba el desayuno; pero sí el café. Decía que era el mejor café con leche que había probado en su vida. Y entonces después llegaba Carlos Díaz -quien si vivía justo al lado este, frente al estacionamiento-, también a tomar café, solo que no iba a hablar de telenovelas sino a escuchar las noticias del Correo Penínsular en Radio Punto Fijo, junto a Ladislao, que nada más escuchar el “Bueeeennasss” de Carlos, salía con una sonrisa del cuarto a recibirlo y conversar sobre la noticia que escuchaban.

Al rato, cuando ya se habían marchado Chinda y Carlos, llegaba Mercedes la colombiana, otra vecina de al lado (de la vereda) a tomar café y comer galletas de soda que traía de su casa para contarle sobre sus hijos varones que están creciendo y no le hacen caso. A veces también iban Jesús y Miriam Rodríguez, otros buenos vecinos que llegaban a saludar y pasar un rato; y en otras, la visita era de Ana Chirinos, quien por lo general llegaba a compartir alguna comida; o a pedir una lechoza o cualquiera otra fruta del pequeño jardín cultivado en casa, que como buenos pedregaleros y gente de campo que son, cualquier espacio para sembrar es aprovechado al máximo.

«…de manera que siempre estaban juntos, y cuando no, era porque cada cual andaba en un asunto personal, que a fin de cuentas era de los dos»

Simón Petit

Una vez que todos se iban, entraba yo. O mejor dicho, salía de mi cuarto, porque, a pesar de tener mi casa enfrente del estacionamiento, cada noche me iba a dormir a con mis abuelos. Cándida y Ladislao son el tipo de personas de esos matrimonios donde el estar más de una hora sin verse o hablarse, es un desespero. De manera que siempre estaban juntos, y cuando no, era porque cada cual andaba en un asunto personal que a fin de cuenta era de los dos.

La casa tenía un cuarto grande. Era de unos dieciocho metros cuadrados. Allí en ocasiones dormía con ellos, porque ese era su cuarto. Y en las noches antes de dormir, Cándida se metía en otro donde tenía un pequeño altar. Allí estaban sobre una mesa y con un rosario en la pared, el cuadro de una de las hijas mayores que murió de parto y a quien ella siempre llamaba “la finada Matilde”. Había dos figuras de José Gregorio Hernández (uno de yeso en cuerpo entero y otro en fotografía), un Sagrado Corazón de Jesús rodeado de San Antonio, San José, San Miguel Arcángel, la Virgen de la Guadalupe y una fotografía de un hermano de Ladislao llamado Julio.

Mientras Cándida rezaba a sus santos y prendía una vela para alumbrarlos, Ladislao se daba masajes con kerosene en las piernas. ¿Por qué haces eso Papalao?, le pregunté en una ocasión. “Para que no me den calambres”, dijo. No estoy seguro de la eficiencia de ese tratamiento; pero en verdad no le daba calambres en las noches. Yo me acostaba en una cama pequeña que tenían a un lado. Y al apagar las luces, como un ritual imprescindible, solían conversar; y conversar de todo. Parecía que el día no les hubiera alcanzado para los temas que faltaron. Una que otra ocasión me incluían para formar parte de un diálogo en el que generalmente, la primera en dormirse era Cándida.

Ahora bien: el día comenzaba con esas visitas, y, cuando terminaba de desayunar, me iba al liceo y ellos se quedaban haciendo los quehaceres del hogar. Ladislao aprovechaba de buscar troncos de madera pequeños y con una navaja iba tallando caballos y carritos pequeños que luego regalaba a los muchachos de la cuadra. Era su manera de ocuparse en algo por las mañanas. Luego en las tardes, una vez tostado el maíz que Cándida montaba temprano, agarraba un recipiente grande (a veces un balde) y lo llenaba de maíz y se iba al lavandero, donde tenía un molino a mano en el que comenzaba a triturar los granos hasta hacerlo, prácticamente, un polvo fino que guardaba para comerlo con leche, bien en la cena o bien en el desayuno. A eso le llamábamos en familia “Fororo Ladislao”.

Cándida se dedicaba a coser la ropa que lo ameritaba en una vieja máquina de manivela que tenía, además de todo el orden de higiene y limpieza diaria de la casa. Luego el almuerzo, y la televisión después como merienda visual para pensar en lo que hará de cena. Algo liviano y rápido porque a las seis comenzaban las variedades estelares de los únicos canales  (Venevisión y Radio Caracas) que podía disfrutar de un televisor de unas veinticuatro pulgadas en blanco y negro.

Ambos dormían con ronquidos, muy leves, casi desapercibidos. Yo era el último en la lista de Morfeo. Desde entonces he sufrido de insomnio, pero ellos no tienen nada que ver con eso. Mi trastorno es supongo de alguna manera hereditario, por parte de mi padre, si es que eso se hereda. En todo caso, mis días fueron muy felices con ellos. En el día de la madre, la casa se llenaba de primos y de las historias de Pedregal que contaban Cándida, Ladislao, mi mamá y mi tío Aníbal. Igual sucedía en el día del padre. Eran las mismas historias con el mismo tono y acento de los cuentos. Eran las mismas risas que resonaban en una vibrante energía de familia. Pedregal nunca estuvo ausente de ellos.

Cándida recordaba una vez en la que iban de Curimagua a Pedregal por trochas inhóspitas acompañados de un perro que llamaban Compañero. “Ese perro corría delante de nosotros, y sus trotes parecían los de un caballo: parabán, parabán, parabán, parabán …y se metía en las sombras de las matas porque el sol era muy fuerte. El nos esperaba y le pasábamos por el frente y no se movía. Cuando ya le llevábamos unos cien metros de distancia, venía corriendo y nos pasaba, y más adelante volvía a sentarse a la sombra de un cují. Así llegamos a Pedregal con Compañero; pero a los días se le cayó el pelo. Al principio nos reíamos porque decíamos que el perro era flojo; pero la verdad es que era delicado como son los perros de raza. Y luego al tiempo murió, pobrecito Compañero, creo que le pegó el viaje. Ese perro se lo regalaron a Ladislao en San Luis y tuvo como cinco años con él”

Ladislao por su parte rememoraba aquellos días en los que le tocó domar un toro que no quería entrar al potrero. Y él iba a enlazarlo y el toro se le fue encima y lo corneó en una pierna, cerca de la ingle. Por fortuna no fue nada grave y entonces así ensangrentado como estaba, se fue directo al toro otra vez y “lo agarré por los cachos y empecé a doblarme hacia un costado torciéndole el pescuezo, hasta que cayó patas pa’rriba y allí lo amarraron lo metieron al corral”

Aún así, en las tardes solían sentarse en la acera a refrescarse con la brisa de Paraguaná. Un viento franco que llegaba a sus rostros risueños que se ejercitaban con las mil y un historias de Pedregal cuando estaba con ellos, aquello que Proust hacía con la memoria de la memoria. La memoria para recordar y para dejarme en claro de dónde vengo.

Hubo uno de esos días raros, raros porque era difícil ver enfermo a Ladislao. No podía levantarse de la cama y vino una ambulancia y se lo llevó al Hospital Familia de Judibana donde trabajaba mi mamá. Eso fue una tarde. Recuerdo que estaba jugando béisbol de pelota de media con los muchachos de la cuadra en el estacionamiento. Yo fui corriendo a ver qué pasaba y ayudé a los enfermeros a subirlo en camilla a la ambulancia. Esa noche dormí con Cándida; pero Cándida no durmió.

Al día siguiente mamá en el porche de la casa lloraba. Papalao tenía cáncer de páncreas y su estado era terminal. Los doctores no se explicaban como un hombre de ochentainueve años tenía tal vitalidad al no sentir dolor ni malestar que causa la enfermedad. Lo cierto es que a los once días murió y todos estábamos tan tristes porque temíamos por Cándida. “Se nos va ir la viejita”. Eso fue en 1976, un 5 de julio. Pero ella demostró ser más fuerte de lo que esperábamos.

Pasaron los años y Cándida se fue a vivir a casa de mi mamá, mientras que el tío Aníbal se mudó a la de Cándida. Allí se sentaba a contemplar el juego de los jóvenes y niños del estacionamiento, consumiendo en lentas caladas su tabaco. Entonces recordaba los cuentos de Pedregal y los personajes de aquel entonces. Yo la escuchaba. Era el único de la casa que escuchaba sus historias. Cuando nos reuníamos para jugar dominó y tomar cervezas, Cándida llegaba para recoger el desastre. Fofy Zavala, decía que el aspiraba llegar a la edad de ella; pero sabía que de ese modelo ya no fabrican a la gente. “Ella es de esas máquinas Singer con pedal, que no las para nadie”.

Y así era. Pero una noche del 20 noviembre de 1991 no pudo más, y en medio de una lluvia que caía, Cándida decidió que ya era tiempo de rendirle cuenta a PapaDios. Antes de irse dijo que en un sueño vio como una sábana blanca caía sobre ella y después un torrente de lluvia la elevaba al cielo. Después se durmió. Seguramente Ladislao estaba contándole una historia y como siempre, lo dejó hablando solo. 

Punto Fijo, Península de Paraguana, Estado Falcón, Venezuela

18 de mayo de 2019

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4 comments

  1. Vivencias que pasan de generación en generación, hasta que un día no se sabe si fueron ciertas o productos de la imaginación….Muy bonita…..

    • Así es. A veces la realidad se parece tanto a la ficción que la ficción es parte de nuestra realidad.

  2. Gracias Simón. Muy buen relato. Es parte de la historia de mis abuelos el coriano papalao y la pedregalera mamacandia.

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