El club de la CANTV

Por Simón Petit Arévalo

El Candil Pedregalero-El club de la CANTV-Simón Petit Arévalo

A veces eran los sábados y en otras los domingos. Comenzaban por lo general a las diez de la mañana y concluía de ocho a nueve de la noche; pero la gente iba llegando a eso de las dos de la tarde, después del almuerzo.  El club quedaba en la avenida Jacinto Lara, diagonal al primer Bloque de la Urb., Jorge Hernández, donde estaba la bodega La Botija.

La mayoría de quienes asistíamos a ese alboroto éramos los vecinos del Banco Obrero, liceístas en su mayoría. Prácticamente la rumba era nuestra, a pesar de que cada semana eran los distintos cursos de los últimos años de los liceos de Punto Fijo, quienes hacían su fiesta para recaudar los fondos de la graduación de ese año. Es que el Club de la CANTV era el más económico para alquilar. Era un espacio que no podía pasarse por alto para los bonches, porque ello a su vez servía para conocer a nuevos amigos y amigas que venían de otros centros educativos.

«Los de la calle 2 éramos los primeros chicharrones en estar allí»

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Y poco a poco el club se iba llenando de muchachos que iban llegando en parejas, hombres con hombres, mujeres con mujeres, parejas mixtas, con sus rostros frescos, ataviados con ropa sencilla pero llamativa para ser simpáticos, con el olor a lavanda y pino silvestre, a colonia Brut, a Estivalia, a Jean Naté, a Azur de Puig, a la colonia Johnson para niños, o al perfume de marca que se dejaba colar en el aire y emanaba de esos cuerpos jóvenes, castos, virginales en algunos casos, corruptos en su mayoría, y por supuesto, no podían faltar los chaperones, y me refiero con esto a los profesores que montaban guardia para que todo estuviera en orden, al menos con sus estudiantes.

La música de la miniteca iba subiendo gradualmente de volumen a medida que el espacio se hacía pequeño. Los quioscos donde vendían comida y cerveza estaban a reventar. Y no importaba si eras o no un menor de edad, daba igual si no te vendían la cerveza, otro venía y la compraba, en fin, ese incentivo nos envalentonaba para sacar a bailar a quien muchas veces no conocíamos esperando que en la conversación surgiera algo más allá del simple baile.

A las tres horas y en plena efervescencia, la fiesta era un hervidero hormonal donde chocaban como moléculas en un recipiente de cristal en ese laboratorio imaginario, y las que al principio eran feas, ahora eran unas princesas cuyo atractivo sobresalía por encima de cualquiera opinión anterior.

Eso también acarreaba problemas porque el alcohol iba poniendo tenso los ánimos cuando alguien desconocido se acercaba para sacar a bailar una muchacha y esta se negaba. Entonces, el que tenía sus tragos encima, a lo mero macho, tan prostático el sujeto, la amenazaba y le decía que si la veía con otro, peleaba con quien se atreviera a bailarla.

La edad de las cavernas, pero qué le vamos hacer, así eran esos tiempos donde fue común en esos casos mostrar los dientes como en una pelea de perros y dar vueltas en el piso como los gatos cuando se armaba la sampablera.

En ocasiones comenzaba con una mirada o con una palabra. El tipo me vio feo, me dijo algo que no me gustó y, con tragos encima, aquí el valiente soy yo. Eso pasó una vez con Miguelito Lugo, a quien le decíamos el chino, un amigo de Santa Fé que estudiaba en La Comercio y que practicaba judo.

La verdad es que en ese entonces había una fiebre por practicar artes marciales y lo que más había en la ciudad eran escuelas de judo y karate. Y eso, daba cierta confianza y unas ganas inmensas de poner en práctica lo aprendido todas las tardes con los movimientos y figuras del ataque y la defensa. Comenzaban a escucharse las baladas, las canciones de un solo ladrillo y pulitura de hebillas.

El estaba con una muchacha de no sé dónde y se le acercó no sé quien invitándola a bailar “Reflexiones de mi vida”, que estaba de moda con The Marmalade. Como ella se negó, el tipo vociferó amenazando e insultando a la chica porque estaba con un monigote de hombre y, zuás, en un momento el sujeto pasó por encima del cuerpo de Miguelito quien lo agarró de un brazo y con el impulso le hizo una proyección por encima del hombro.

Al caer de espaldas en el suelo, la gente se apartó e hizo un círculo donde en el medio solo quedaron el chino y el retador. El tipo sacudió la cabeza y se levantó y se cuadró al estilo de Kid Pambelé para darle con boxeo formalmente a la contienda. El chino se le tiró a las piernas en un movimiento para hacerle un barrido al levantarlo y volverlo a tirar al suelo como si fuera un saco de papas.

Allí entraron los compinches del tipo y como es de suponer, entraron los cercanos del chino a protegerlo. Comenzó entonces una pelea colectiva donde golpes iban y venían. El discjockey subía los decibeles de los parlantes para que la gente no se diera cuenta de los que estaba pasando, y pronto aquello parecía un evento de lucha libre donde uno agarraba al otro con una doble nelson y un gordo desde una esquina venía corriendo al centro y con un golpe de martillo sacudía el rostro de otro que lo denigraba.

El chino se impulsó desde el piso y entrelazaba sus piernas en el cuello de un tipo altísimo y le hizo una tijereta tumbando al carajo con una vuelta de campana al suelo. Enseguida vino alguien con una silla plegable de metal y lo golpeó en la espalda haciéndolo caer de rodillas, y entró al ruedo un karateca que con una patada dio justo al mentón de quien había golpeado al chino.

Mientras tanto, la música seguía con el set de las baladas. Junto a un rincón, bien apretaditas, algunas parejas continuaban bailando y no les afectaba lo que ocurría, por ejemplo, uno de ellos era Pedro Hurtado (Pedro Chivo), quien bailaba con una muchacha que era su novia del liceo y solo sé que se llamaba Elizabeth.

Tan flacos los dos que juntos no llegaban a la contextura de cualquiera de los presentes; él con la mano a la cintura de ella y ella rodeando el cuello de él, frente con frente, pecho con pecho, como si fuera otra cosa, otro mundo donde como en cámara lenta, todo volaba por los aires y ellos solo escuchaban la música, y todo estaba suspendido en el tiempo y no se daban cuenta que los gritos y el ruido de botellas que partían contra paredes y piso, era la culminación de la fiesta porque entonces los profesores le decían al discjockey que parara, que ya estaba bueno del bochinche, que levantara la aguja, que recojan los platos porque ya todo estaba pago y ellos vinieron a poner orden.

Entonces protestábamos porque por una simple pelea de esas del Caracas –Magallanes terminaba la rumba. Nadie se iba, pocos salían a la avenida pero se quedaban alrededor del club, esperando que los profesores se fueran y prendieran de nuevo la miniteca. Así sucedía otras veces y ya la gente estaba al tanto de esa jugada. De manera que la muchachera en las afueras también reía y cantaba, esperando que volviera a sonar la música, ahora con más desorden.

Pero cuando todo terminaba de verdad (calabaza calabaza, cada quien para su casa), nos ibamos como esos compadres que caminan ebrios y escandalosos cantando rancheras por la calle, yéndonos de un lado al otro y orinando en alguna pared sin importar quien nos viera, enseñando una botella de ron Cacique o Pampero, como quien blande una espada luminosa al llegar de una victoriosa batalla. Alegres, extrovertidos, exhaustos, abrazados y gritando su aventura y conquista de la fiesta que como todo capítulo de una serie televisiva de esa época, terminábamos consumiendo la última gota de licor en la esquina del gocho Medina diciendo al final con voz de barítono: “esta historia continuará la próxima semana” .

Punto Fijo- Estado Falcón-Venezuela

15 de junio de 2019

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