El feminicidio como espejo de frustración

LA CALLE 2 – SIMON PETIT – EL CANDIL – AÑO III – N° 129.

Un amigo español me refería días atrás que el feminicidio en América Latina es parte de la cultura ancestral. Yo a mi vez, ripostaba que por el contrario, en lo ancestral no existen indicios de que esto haya sido práctica común sino después de la colonización. Es decir, del viejo continente vino, además de lo que significó la conquista para nuestros pueblos, un adicional que es el maltrato y muerte a la mujer. Por desgracia como dicen por allí, ahora “eso se lleva en la sangre”, y por supuesto en la de quienes han heredado tal infortunio.

Lamentablemente, en los últimos años se ha venido incrementando este hecho en muchos países; pero con mayor énfasis en México, Honduras, Guatemala, Colombia, Brasil, Perú, Chile y Venezuela. Los motivos son muchos; aunque el que más resalta es lo pasional. Sea como fuere, el delito no solo es en la materialización de la acción con la muerte de la mujer, sino la secuela inmediata en la psiquis de las sociedades que ven ya habitual que este tipo de conducta se considere como algo cultural.

Pero hay otras razones que me llevan a pensar que, gran parte de lo que sucede con estos feminicidios, obedecen a un sentimiento de frustración al no poder vencer con argumentos la forma de pensar y ser de una mujer, y, por otro lado, porque en el fondo la actitud de ésta al enfrentarse a su agresor demuestra que es más valiente que él, y éste por orgullo llega al extremo de la fatalidad. Esa pudiera ser una variable. La otra es que la mujer asume posiciones que el otro no toma, y por simple y vulgar machismo, no acepta que una mujer sea quien marque la pauta.

En febrero del 2004 ocurrió un hecho notable y trascendente, el cuerpo de Loretta Saunders, de 26 años, una mujer “inuit” embarazada de la provincia canadiense de Newfoundland, fue encontrada tirada al lado de la carretera en New Brunswick. Saunders, una estudiante de la Universidad de Saint Mary en Halifax, había estado escribiendo su tesis sobre mujeres indígenas extraviadas y asesinadas en Canadá. En un giro trágico de la historia, ella, desgraciadamente, se convirtió en uno de los sujetos de su propia investigación.

Berta Cáceres, una activista defensora de los derechos humanos indigenistas, ecologista y opositora gubernamental, fue asesinada en Honduras en marzo del 2016. Cáceres fue una piedra en el zapato para muchos en Honduras después de haber encabezado una lucha entre 2013 y 2014 para que no se construyera una represa hidroeléctrica en el Río Gualcarque, un río que para los “lencas” hondureños es sagrado y crucial por la flora y fauna de esa reservación.

A finales de julio de este 2018, en Guatemala, Juana Raymundo, una joven maya “ixil” defensora de los derechos humanos y enfermera, fue asesinada y su cadáver hallado con signos de tortura, fue un crimen despiadado y con ensañamiento, por lo que el Comité de Desarrollo Campesino (Codeca) exigió Justicia. La organización explicó en un comunicado que Raymundo, quien era defensora desde hace cinco años de los derechos indígenas en este comité, fue secuestrada el viernes 27 por la noche y su cuerpo sin vida fue localizado el sábado 28 de julio con signos de «tortura» en la carretera que sale de Nebaj.

En Venezuela conocimos en el 2019 el caso de Mayell Hernández, una joven estudiante y bailarina de la UNEARTE a manos de su expareja, un contador del Ministerio de Finanzas, quien andaba muy tranquilo por las calles hasta que comenzó la campaña “Justicia para Mayell”, que prácticamente obligó al Ministerio Público a emitir una orden de aprehensión contra este ciudadano. Mayell, es uno de los tantos casos que ocurren en el país, y aunque esta situación es distinta a los referidos anteriormente con Saunders, Cáceres y Raymundo, el feminicidio por igual, es un delito que debemos combatir en lo más profundo, y, en esta circunstancia, no es por los hombres que matan, sino por las inclinaciones que tienen para cometer esa transgresión con impunidad.

Es alarmante la cifra de este 2021: de enero a junio de 2021 hubo 125 femicidios consumados en Venezuela. El Observatorio Digital de Femicidios del Centro de Justicia y Paz (Cepaz) nos da estas estadísticas: el 96,2 % de las víctimas, eran de nacionalidad venezolana. El 46% tenían edades comprendidas entre 19 a 36 años. Un 7% eran niñas, 11,5% adolescentes y 10,7% mujeres de 55 a 69 años. Una de las víctimas estuvo desaparecida antes del hallazgo del cadáver. Se constató que en el 73.1% de los casos el agresor es venezolano. La edad del agresor quedó categorizada así: 5,3% entre 19 y 39 años. Otro 15,3% tiene edades entre 40 a 55 años. El 8% tiene de 15 a 18 años. Respecto a la aparente motivación de los hechos, el 23,1% de los femicidios tuvo como aparente motivación una escena de celos o alegato de infidelidad íntima. El 11,5% registra un ataque o agresión sexual; un 7,7% registra venganza de organizaciones criminales. En otro 7,7% de los casos las víctimas habían decidido separarse.

Como vemos, es sumamente preocupante a lo que hemos llegado en relación con lo que es valoración y respeto a la mujer en nuestro país, sobre todo cuando fundamental y tradicionalmente nuestra sociedad es matriarcal. Muchas son las madres solteras y mujeres divorciadas que quedan al desamparo y han tenido que abrirse paso en medio de los ambientes hostiles del machismo venezolano para ganarse su espacio.

La antropóloga catalana, Mercedes Fernández-Martorell, en su libro Ideas que Matan, desnuda los desencadenantes machistas, analizando qué factores llevan a los hombres a maltratar y por qué ni la educación ni la cultura o nivel económico, son eximentes para este tipo de conducta. «Los patrones sociales heredados consideran que los verdaderos aliados de los hombres son otros hombres y la mujer es una persona de segundo orden, dependiente de ellos», defiende la antropóloga. «Pero si el hombre tiene conflictos con sus congéneres, no importa su nivel educacional o cultural, pues usa a la mujer para compensar su hombría, imponiéndose a ella. Tiene también una dependencia hacia su víctima, porque el maltrato es su instrumento para sentirse bien y recompensarse en todo lo que le va mal».

En el fondo hablamos entonces de una frustración que el hombre tiene al no poder dominar ni equilibrar lo que siente y piensa con la mujer que tiene enfrente; o cuando la mujer lo supera en lo emocional y psicológico, o cuando la mujer, en otras palabras, es más inteligente y tiene una actitud emprendedora hacia el futuro que le toca construir. Una gran hermana de la vida y amiga de la lucha por los derechos de género, suele decir que: “sin la mujer no existiría el mundo, porque ellas en el planeta son la mitad, y la otra mitad, la parió”. Y eso, es una gran verdad que los hombres debemos entender y tener presente para las futuras generaciones.

Punto Fijo – Estado Falcón – Venezuela

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