El sabor de la cayena-Milton Quero Arévalo

A mi hijo Miguel Mariano.

La  voz de Xiomara Alfaro muerde este aire que tenemos y todos los chuchubes que la comadre Vidalina sacrificó en la cabeza de mi hermana Meira -para que al fin pudiera hablar- rompen a llorar de emoción y alegría, ante la pureza de esa voz límpida y atiplada, que nos hace olvidar por un momento que vivimos en el Campo Shell, urbanización La Florida, casa 601-B.

Solamente su voz y el conjunto de Humberto Suárez disipan la tristeza de mi padre. Sólo ella, que no existe, es capaz de hacer girar los girasoles del solar de los Isea hacia ese lugar finito y mesurado que son los hoyuelos de los cachetes de mi madre; ella y nadie más puede justificar la soledad que se esconde a las tres de la tarde en este campo petrolero, donde los únicos habitantes son las iguanas que reptan por los porches de las casas.

Nosotros, que creemos que vivimos, somos sombras que hablamos de algún capítulo de este acérrimo día que aún está por terminar. Entonces yo, que nada sé de canciones, muerdo un capullo de cayena y bailo un bolero con esa baba roja y viscosa.

Mi boca seca de amores, ahora húmeda y babosa, que se resbala sinuosa hacia la comisura de tus labios, dulce boca de capullo de cayena que ahora dice: ¡Te quiero Raquel! Raquel Colmenares, la hija de Justino Colmenares. La miro a través de los ojos de su padre, quien remueve su trago con el dedo anular. Mano velluda y barroca donde destaca un anillo de oro con el escudo de Venezuela.

Pero Raquel no me mira, la recorro en los recreos, la busco por los pasillos de la escuela, la fijo en la corteza de los árboles y cuando al fin la veo cruzando el gran mural de La Llegada de Colón camino hacia ella esperando encontrarme con su mirada, pero siempre es el ilustre navegante quien me mira. Entonces me quedo allí, rumiando mi despecho, deseando estar en esa vegetación imposible nunca vista, tratando de trocarles a los indígenas esos ampulosos árboles por nuestros nobles cujíes.-

Pero hoy es un día diferente, hoy amanecí charro, hoy someto y obligo. ¡Ay Raquel! De hoy no pasa el día en que te diga ¡Te quiero! Hoy soy mechurrio y arena, hoy nada me detiene.

Todo esto lo pensaba Miguel Mariano al pie de su espejo de baño, mientras sometía con gelatina su ensortijado pelo malo. Esa mañana se había levantado con una fuerte determinación. “Esta vez sí se lo digo”, se decía. “De hoy no pasa… la veo al pie de la escalera y se lo digo”. Así repasaba mentalmente, una y otra vez, las situaciones que estaba dispuesto a afrontar para llegar a decirle: ¡Te quiero! Un te quiero, que ya llevaba  un año ahogado entre sus manos sudorosas, su voz entrecortada y ¿por qué no? en la faltriquera de su pantalón, anegado como deseo que supuraba diariamente y que, muy a pesar de su fuerza, lo dejaba paralizado cuando la veía caminando por los pasillos de la escuela. Pero hoy es otra cosa. “Hoy someto, hoy doblego y no me fallan” se decía.

Todo esto lo pensaba Miguel Mariano con una precisión matemática, como quien va a cometer un atraco. Sobre su cama, los indicios de su determinación: un pantalón  Levis 501, una camisa blanca con botoncitos de nácar y un cinturón de cuero con una hebilla gruesísima, donde destacaba un vaquero domando un potro, en un paisaje imposible que él siempre soñaba cuando caía la tarde.

Con semejantes argumentos Raquel me tendrá que dar empate -se decía.

Pero la impostura de un barrito que se insinuaba por el ala derecha de su nariz, lo hizo reconsiderar todo su plan y rehacer lo que había construido hasta hace tan sólo un momento. Miraba de reojo al desgraciado que ya comenzaba a germinar, como la pepa de aguacate que mantenía en un frasco de mayonesa, atrapada en papel toilette.

Se apartó del espejo y miró frunciendo sus labios; apenas podía creerlo, volvió a mirarse y allí estaba, no había ninguna duda. Un barro comenzaba su proceso de crecimiento, era apenas un granito de arena blanca, pero sabía que al cabo de unos días sería una desagradable úlcera llena de pus y de sangre, que crecería turgente y saludable.

Los barros son así, indisciplinados e inoportunos, se forman de la inmundicia, de la materia muerta, van engordando como las garrapatas y crecen sin que nadie pueda detenerlos, van destruyendo las certezas y el ánimo de cualquiera; no hay quien pueda con ellos, es el único enemigo que uno no destruye, al contrario, uno debe tener el cuidado de no lastimarlo, duermen con uno y van con uno a donde uno vaya. “Ya te veo desgraciado, creciendo, alimentándote de mi grasa, de mi sangre, de mis humores y de mis frustraciones. Tendré que verte crecer sin poder hacer nada; por el contrario, te celebraré y te recompensaré por ello. Te sabré rojizo y blanco”.

-¡Coño! ¿Por qué no me crecen en las nalgas? –gritó.

Con los barros, Miguel Mariano era siempre igual, los dejaba alimentarse, los mimaba, los cuidaba en extremo, calculaba su trayectoria y fuerza de choque. Pero al de hoy no estaba dispuesto a mimarlo, con éste no tendría la actitud morbosa y retráctil que había tenido con el de hace unas semanas, llamado Dulce de Leche.

Estaba acostumbrado a convivir con ellos y a bautizarlos hasta que los veía maduros, entonces con sus dedos los cercaba y estrangulaba hasta que estallaban en el espejo de su baño y los dejaba allí, observando la mancha de sangre y pus, calculando el tamaño y marcándolos con un círculo. Su espejo estaba lleno de puntos secos roji-blancos. Pero éste no era el momento para mimar barros y tener consideraciones con ellos.

Éste  estaba a punto de arruinarle la determinación con que se había levantado. Además, era esmirriado y disoluto como el amor que por él sentía Raquel. La pensaba acostado en el lomo del libro de geografía, viajando por un país de camellos, donde se imaginaba entrando en una tienda de ultramarinos, comprándole un caprichito de peluche o ¿por qué no? una bola de vidrio con un país de nieve y gente nórdica bailando una polka. Pero la voluntad de Miguel Mariano no era tan fuerte y aplomada como para decirle tan sólo: Te quiero. Siempre calculaba el momento preciso en el recreo, en esos quince minutos de esplendor, en que ella iba a la cantina a comerse su sándwich de jamón y queso y su Malta Caracas.

-Ahora sí, ahora le hablo y se lo digo

Pero siempre pasaba algo imprevisto en sus cálculos. Llegaba el güevón de Luis Urdaneta a hablar del experimento del pH alcalino o de la germinación de la pepa de zapote, o de cualquier otra sandez. Entonces se recogía, se agazapaba en sus lentes, los limpiaba una y otra vez y se metía en el baño a esperar que terminara el recreo, porque no tenía cara que ponerle a los demás ni a sí mismo. Oía el tumulto de los otros, las risas en el patio, la pelota que sonaba contra la pared y la música de Concierto en la llanura que acompañaba por siempre los recreos en la “Nicolás Curiel Coutinho”. ¿Sabrá Juan Vicente Torrealba que cuando yo no existía para nadie, ni aun para el wáter del baño de la escuela, su música era lo único que me unía a la posibilidad de volver a intentarlo?

Raquel era diferente, coqueteaba con su pelo y lo enredaba en sus dedos al igual que las otras, sólo que en vez de olerlo en las puntas lo mordía con una mirada que se perdía por las rendijas de la cantina y que Miguel Mariano atajaba siempre con su cara sembrada de espinillas.  Ella  mordía alternativamente sus colas trenzadas, entonces él sentía que todo se acababa, se acababa la maestra Ramos y sus castigos, se acababa el viejo caimán de la escuela que nadie sabía ya si estaba vivo o muerto, porque pasaba horas sin moverse; antaño todo el mundo le temía, nadie osaba acercarse a su celda, pero ahora no despertaba la curiosidad de nadie, acaso de los niños de primaria que le lanzaban piedras que rebotaban en su lomo, otros con ramas le tocaban la cola, pero pronto desistían al ver que no se movía y se iban a jugar metras.

Miguel Mariano, a veces se iba a la sala de reproducción y esperaba que llegara y  cuando ya la tenía cerca, pedía cualquier cosa y aprovechaba el tumulto para acercársele y llevarse su olor. Esa fragancia única lo enredaba en una gasa almidonada, de la cual no estaba dispuesto a sustraerse, por el contrario; feliz en la gruta. Entonces su mamá se sorprendía de que no quisiera bañarse y se consolaba de él, porque  pasaba horas viendo las hormigas en el patio mientras los otros muchachos se iban al llanito a cazar iguanas. Le gustaba verlas porque se le antojaban perfectas y felices, pensaba en sus amores, ¿acaso se reventaran de amor?, pensaba. Siempre procuraba averiguarlo y se las colocaba en las manos, pero ellas nada le decían, permanecían mudas como el caimán y como su deseo, cuando se encontraba con Raquel Colmenares.

-Pero tú, desgraciado, has destrozado todos mis planes, habré de llamarte Inoportuno y tendré que esperar una semana a que te desarrolles, para luego extirparte, hasta entonces, no podré pedirle el empate a Raquel –se dijo.

La edición vespertina del programa Onda en los Médanos en el dial 103.2 habita nuestra casa y diluye así la soledad que se agolpa en las rendijas por donde no pasa la escoba. Todas las mujeres de la casa se mueren por el locutor Humberto J. Suárez, La Voz de Oro. Entonces, yo comienzo a imitarlo y a hablar grueso y profundo, a ver si cuando me decida por fin, Raquel se enamore de mí, como enamoradas están todas mis hermanas de Humberto J. Suárez, la voz de oro.

-¡Qué viejo está el radio Phillips mamá!

Mamá no contesta, porque se embelesa como todas al escuchar La Voz de Oro, que ya cumple 25 años acompañándonos. Mi abuelo dice que mi mamá es una mangaluzeta por pasarse la vida pegada al viejo radio Phillips, escuchando a ese patiquín de barrio. Algún día trabajaré en la refinería y al igual que papá, seré supervisor de zona y trabajaré por guardias de noche.

Mi papá dice que  Xiomara Alfaro cantando Negra Triste es capaz de apagar con la fuerza de sus pulmones el asentado mechurrio de la refinería, entonces el compadre Angelogusto se ríe y al punto se sirve otro trago. Chucho Guiñán también se ríe, y yo lo agarro por el cuello, en el instante en que mi madre nos lanza el budare para separarnos y con ese olor a arepa quemada le digo: “Ya vas a ver… güevón”.

Chucho Guiñán no tiene novia al igual que yo, aquí la verdad sea dicha, nadie tiene novia, ni Chucho, ni Monche, ni Frentonita, ni Freddy, ni Luis Figueroa, ni nadie. Por eso es que somos unos huevos pelaos jugando 40 matas, cazando bisures, jugando metras y coleccionando barajitas de béisbol. ¡Ah!, a excepción del pajúo de Antonetti, todas  se vuelven locas por el italianito ese; claro, como es catirito, por cierto la otra vez Laura le preguntó cómo hacía para tener el pelo tan rubio y él así, con una tranquilidad pasmosa, como quien dice presente a la lista de asistencia en el salón de clases le dijo: “¡Nada!”. Un nada que para mi venía cargado de mucho y yo que tengo que hacer de todo para aplacar este pelo pasúo con gelatina. No lo podía creer: “¡Nada! A veces uso aceite y tomo sol en la piscina del Club Miramar”, le dijo en cierta ocasión a Lourdes López. Yo me dije: ¡Claro!

El aceite ha de ser la razón y como quien tiene una fórmula mágica, me llené la cabeza de aceite Mennen y a las doce en punto, después de llegar de la escuela, me puse en medio de la calle a coger sol. Los vecinos me miraban desde la cocina mientras comían.

La señora López y Mabuela se reían, pero la señora Guiñán se preocupaba porque yo estaba en medio de la calle y podía ser atropellado. Mamá, que ya me conocía y sabía de mis locuras, esperaba tranquila en el porche hasta que se me pasara, ella intuía que como el Amadís, estaba mereciendo el amor con mi actitud. Esto en el fondo era nada para lo que había hecho la semana pasada; había escrito el nombre de Raquel en la acera de enfrente con los bisures y machorros que había cazado en el llanito.

El padre Pirela me mandó treinta padres nuestros y cuarenta avemarías. Pero yo sé que no soy el único que sufre de amores, allí está William López, que se puso a cantar La Cabra Mocha  por siete días seguidos, sólo porque Zulema le prometió acompañarlo al cine. Yo sé que la única que me comprende es mi hermana Meira, que se compró todas las revistas Elite habidas en la Península de Paraguaná, porque aparecía en la portada Paul Anka, y con ellas empapeló todo su cuarto, mi papá agarró una arrechera tan grande que la mandó a vivir con los abuelos por un tiempo.

Por eso es que en esta casa ya no nos miramos a los ojos; son los ojos de Paul Anka los que miran la salsa de tomate, La Voz de Oro es la que me envía a hacer el mercado en el comisariato y siempre es el dulce olor de Raquel el que le entrega los vueltos a mamá. 

Hoy yo pensaba acabar con todo esto, porque estaba seguro de que si Raquel me daba empate las cosas volverían a la normalidad, el canario no dormiría boca abajo, Hernancito no caminaría de espaldas para ir a la escuela, y yo no regaría la mayonesa en el techo para ver a las hormigas comiéndosela. Pero ahora tengo que esperar a que me pase este barro.

Entretanto, me meto debajo del Impala de vidrios eléctricos de papá y me purgo de capullos de cayena, porque se me antoja que los besos de Raquel han de ser así: babosos y dulces, labios carnosos, capullos de cayena, así han de ser tus besos, mujer.

Pero como hoy amanecí charro, yo sé que a los hombres recios no hay quien los detenga en sus propósitos; cuando sé plantean una vaina, no hay distancia, no hay dificultad, ni vuelta atrás. Así que Inoportuno te estoy viendo y no me vas a arruinar el día, aquí estoy agarrando coraje para ver si te estrangulo de una buena vez y le digo a Raquel un te quiero que ya se me empoza en la memoria de tanta espera, y que ha de salir tan fuerte, como seguro saldrás tú cuando te estrelle contra el espejo de mi baño.

Autor:

Milton Quero Arévalo

Maracaibo – Estado Zulia – Venezuela

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2 comments

  1. Sinceramente, como decimos por allá: «te votaste Milton, y así pasó con tantos otros seguramente…

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