ENFOQUE LIBERAL – EL CANDIL – AÑO II – N° 150.
En los círculos de discusión filosófica, política y económica, es muy sabido que las ideas de la libertad tienen como uno de sus pilares centrales la búsqueda del interés personal.
Este concepto, injustamente acusado de propiciar la indolencia e indiferencia para con quienes se hallan en una situación de desventaja, hace referencia al hecho de procurar el propio bienestar; pero el bienestar, interpretado en un estricto sentido, no es proporcionado por la materialización de algún capricho o efímera emoción.
La cuestión del interés es mucho más profunda que eso. Va acerca de aquello que uno valora y le da sentido a la existencia propia. ¿Esto quiere decir que el ladrón que le robó a la señora en el paradero de autobuses lo hizo porque su interés era apoderarse de las pertenencias de su víctima? Aunque a algunos les resulte un tanto complicado entender esto, en realidad ese no era el interés que motivó a dicho malhechor.
Así como uno puede pretender creer que teniendo múltiples aventuras amorosas se es feliz, pero en realidad no pasa de ser un vano intento por cubrir una herida emocional no sanada, así también un ladrón roba para satisfacer psicológicamente una necesidad más profunda: la generación de riqueza, sea monetaria o en bienes, como producto del uso de su mente, con la diferencia de que busca hacerlo ignorando los pasos que normalmente se siguen: trabajar, ahorrar e invertir, y directamente lo toma de quienes sí lo hicieron correctamente.
De hecho, esto último también encierra un sentimiento de envidia hacia el que produce. Pero el hecho de que el ladrón pueda emplear lo robado en función de cubrir alguna necesidad, no quiere decir que esté actuando en interés suyo.
Más allá de las consecuencias legales que por su mal y condenable proceder puedan sufrir un ladrón, un estafador, un asesino, un secuestrador o incluso un empresario que contamina el río que alimenta a la población aledaña al mismo mientras este se hace rico, el caso es que, debido a que el hombre es un ser que no puede subsistir si no es en interacción con sus semejantes, no puede procurar su interés personal si para ello requiere impedir que los demás logren sus intereses.
Cada vez que un individuo ocasiona daño a otro individuo, una parte del tejido social se resquebraja. Quien afirme que el ladrón ha obtenido un beneficio del robo cometido y, con ello, logrado su interés, incurre en una variante de la falacia de la ventana rota. El bien no puede ser logrado a costa de apelar al mal. Un beneficio real (nuevamente, interpretado en un estricto sentido) no puede derivarse de un perjuicio, por más excusas que el perpetrador del perjuicio pueda esgrimir. El fin no justifica los medios.
El interés personal y el interés de las demás personas no entran en conflicto cuando se piensa y actúa de manera racional. Autosostenerse por medio del trabajo productivo, sin recurrir a engaños, apropiación de lo ajeno, ni perjudicando al resto, es una clara manera de velar por el interés personal, pues, en el proceso, no solo se cubren necesidades personales, sino que se termina por satisfacer el interés de las personas con las que efectuamos intercambios de valores, sean estos materiales o espirituales.
En virtud de ello, ser solidario con quienes necesitan ayuda no se contrapone con el interés personal, siempre que para ello no se cause perjuicio a nadie, empezando por uno mismo, y que dicha persona sea merecedora de la ayuda en cuestión, pues jamás será lo mismo ayudar a una persona parapléjica, a una víctima de un robo o desgracia natural, que a un ladrón, un estafador o un asesino.
Un mundo mejor siempre será el mejor escenario para todos, pero este no solo puede ser erigido en un sentido meramente material; es la calidad de la moralidad imperante la que, en última instancia, determina el grado de desarrollo de una sociedad y, en consecuencia, del mundo.
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