VALORES – ÁLVARO RAMÍREZ – EL CANDIL – AÑO III – N° 145.
Tic Tac Tic Tac… el reloj no para. El mundo y todos sus habitantes seguimos en nuestro tiovivo girando y orbitando. Sin embargo, gran parte de la población la fecha de hoy la entiende como un hito importante que se repite a lo largo de la vida y que nos recuerda de una u otra forma, que somos finitos. Que en el tren de la vida hacemos un viaje con estaciones, algunas más importantes que otras, pero que a pesar de que el tren no tiene programada una estación final (a no ser que nos propongamos destruirlo), cada uno de los pasajeros en algún momento llega al final de su viaje, para tristeza o complacencia de sus compañeros cercanos de vagón, dependiendo de su comportamiento.
La estación 2022 está llegando y es el momento para mirar cómo nos acomodamos con nuestros compañeros de tren. Tradicionalmente como es una estación importante para los mayoría de pasajeros, hacemos una fiesta donde intercambiamos impresiones sobre nuestro viaje y planes para continuar. Normalmente se desea que el festejo se haga en forma racional, aunque las estadísticas muestran que se presentan muchos casos de pasajeros que súbita y traumáticamente terminan su viaje aquí, en medio de la fiesta.
Entre los resultados de la parada común en la estación, hacemos propósitos. Nos fijamos metas, pronunciamos deseos de cambio y hacemos (y depositamos) votos por “encontrar la felicidad”. Por lo general los asociamos a las emociones y relaciones con el medio donde nos desenvolvemos y con las personas que nos rodean. Bienes, viajes, dinero, actividades saludables, mejor trabajo, son todos aspectos asociados al encuentro y disfrute de la felicidad. Cada uno desea que el nuevo año venga con la ansiada felicidad. Paradójicamente hay un aspecto, que no siempre es considerado en los propósitos y es, el asociado al tiempo. Pareciera que la felicidad es algo que se obtiene producto de la satisfacción de un par de aspectos y que a partir de lograrla nos podemos apropiar de ella y disfrutarla hasta el final del viaje que le corresponde a cada quien. Tal vez en el imaginario colectivo está, que una vez alcanzada, es para toda la vida.
En realidad es muy importante, entender que muy probablemente la duración del viaje de las personas que nos rodean y con quien compartimos es diferente, y que lo que cada uno haga en ese tiempo, depende de su libre albedrio. Por lo tanto, el tiempo es una realidad a la que debemos asociar nuestras expectativas, deseos y propósitos. No puedo pretender hacerme dueño del tiempo de quienes son mis compañeros de viaje para ponerlos a mi servicio con el único fin de hacerme feliz. Tampoco puedo pretender ser el dueño de sus emociones, gustos y deseos para ponerlos a mi servicio. Entenderlo puede ser el principio básico para el respeto a los demás como norma de vida.
Es inevitable que mi felicidad se vea afectada por las acciones de los demás, pero también lo es, que yo puedo causar la infelicidad de quienes me rodean, si no respeto sus derechos.
Muchas parejas, padres madres y amigos, a veces piensan que el tiempo y deseos de aquellos a quienes aprecian, les pertenecen y deben ser puestos a su servicio. Muchos hijos culpan a sus padres de no hacerlos felices y muchos divorcios y desacuerdos conyugales tienen su fundamento en la pretendida creencia de que formamos pareja para sumar más tiempo. Cada ser humano es dueño de un recurso que es igual para todos, 24 horas al día. Cuando yo formo pareja no puedo pretender que en adelante tendré 48 horas diarias para alcanzar mis metas, cumplir mis deseos y satisfacer mis necesidades. Por el contrario debo dedicar parte de mi tiempo a conocer, ayudar y entender a mi socio en las metas conjuntas por las que decidimos sumar esfuerzos. Cuando tenemos un hijo o un amigo, no puedo “cargarle” la responsabilidad de hacerme feliz”. Cuando establezco una relación yo puedo, trabajar y construir, aportando mi parte a la ecuación. Yo no puedo aprender a montar bicicleta sentándome esperando a que alguien se encargue de empujarme para lograr el equilibrio.
Los registros matrimoniales, aunque contratos, no establecen que por medio de ellos se está comprando el tiempo, los deseos, gustos y metas de la pareja para ponerlos al servicio del otro. Se indica la voluntad de trabajar conjuntamente y sumar esfuerzos en los momentos difíciles y en los de éxito, respetándose mutuamente. Pensemos que al formular nuestros propósitos asociados a nuestros deseos cada nuevo año, estamos anunciando un compromiso y una responsabilidad, alcanzar unas metas, considerando que viajo en un vagón con más pasajeros que también merecen respeto por sus metas y con quienes puedo sumar esfuerzos que mejoren la posibilidad de lograr resultados en un crecimiento conjunto.
Viene a mi mente el caso de la pareja de un Masoquista y una Sádico. El Masoquista le suplicaba a su pareja Sádico que lo torturara y su pareja no lo hacía. Era el matrimonio perfecto, se complementaban. Cada uno trataba de hacer lo que le gustaba y los dos disfrutaban del esfuerzo conjunto por lograrlo. Cada uno hacía en su tiempo, lo que le producía felicidad. ¿Nos podemos imaginar los deseos y propósitos de los miembros de esa pareja al terminar cada año?
Si no internalizo que el principal actor y responsable de mi destino soy yo mismo y que mis logros, dependen la mayor parte de mí y de mi capacidad de obtener resultados relacionándome apropiadamente con otros y respetando sus derechos, creo que pasaran muchos fines de año en nuestras vidas, esperando y haciendo el propósito de lograr que mi mesías y líder y compañero, o familiar, o amigo, me haga feliz.
La felicidad no es un derecho, no es algo que yo pueda reclamar a alguien por dármela.

Es un logro que alcanzo si trabajo por ello y no trato de abusar del uso del tiempo y los derechos… de los demás.
BOGOTÁ – COLOMBIA
