Por Simón Petit Arévalo

Es una calle que comienza en la avenida 3 y termina en la 7. Una calle transversal cuyo sentido es de este a oeste o viceversa. Abarca dos sectores, el 2 y el 3. Es tranquila y con buenos vecinos, de buen temperamento, de esos vecinos que no causan molestias ni generan peleas en pleno asfalto. Con gente que tiene altas y bajas como todos en la vida; pero que nunca desmaya y, por encima de cualquier circunstancia, es alegre como ninguna.
Nosotros llegamos en 1970. Al sector 3, especificamente, cuando las casas todavía estaban deshabitadas. El viento silbaba entre las ventanas y las líneas de electricidad dejaban colar un ruido fantasmagórico a cualquier hora. La verdad no vivíamos en la calle 2, en el sentido estricto, sino en el estacionamiento 10. El formaba parte de la calle y por eso la dirección física la citábamos: Calle 2, estacionamiento 10.
Cuando nos mudamos veníamos de la calle Falcón, de la Panamá “pa’bajo”, como dicen. Y aunque ya tenían sus años en Punto Fijo, papá se vino de La Vela de Coro y mamá de Pedregal, se conocieron y aquí estamos. De manera que entre occidente y el centro de Falcón están mis genes que se pasean entre la música y la poesía.
Pero lo mejor de haber sido los primeros en ese tiempo, fue ver cómo iban llegando las familias y poblando las casas del estacionamiento, porque la calle 2 desde la avenida 3 a la 5 ya residían familias, incluso en la avenida 7 también. A ellos me referiré después. Me interesa ahora es contar, por ejemplo, cómo poco a poco fue terminando la soledad de ese espacio.
Los primeros en ocupar las casas de la entrada fueron los Naveda, moruyeros natos y gente trabajadora y luego los Medina, a quienes llamábamos los gochos, porque venían de Tovar, Mérida. El señor Ismael aprovechó la ubicación y montó tan pronto pudo una bodega, que atendían sus hijos Rubén y Radamés, y claro, la mayor parte del día él con su esposa, la Sra Juana. La bodega se llamaba El Rincón Andino, pero toda la cuadra la conocía como la bodega del gocho Medina.
Después se mudó Rodriguito y Zayda, Carlos y Yoya, el profesor Manaure y su esposa Ana; Carlos y Carmen Whonsielder, Chinda y Frank Gutiérrez, Martiniano y Carmen Petit, Miriam y Jesús Rodríguez, mis abuelos maternos Candida y Ladislao y, a los lados de la casa, los Higuera Pardo y los Chirinos Albornoz. Completado el estacionamiento, el reconocimiento y afecto con los vecinos por fortuna fue rápido, y el intercambio con los muchachos de mi edad, inmediato.
Así fuimos creciendo; pero también explorando el resto de la calle. En la entrada del estacionamiento 10, es decir en la calle 2, vivía Pacuco García, Consuelo Quintero y Alejo Petit. Y allí había también una tropa de muchachos con quienes regularmente compartíamos juegos y aventuras. Como es natural, uno siempre seguía buscando, con la curiosidad del caso, conocer nuevas personas y amigos. Poco a poco el batallón iba creciendo. La calle 2 se hizo pequeña y seguimos como los conquistadores a buscar otras cuadras y calles para sumarlas a nuestro afecto. La calle 1, la 3, la avenida 3, la 5, la 7, los bloques de la redoma, y luego los sectores 1 y 2.

Con el tiempo se construyeron las manzanas del sector 4, pero al igual que esos grandes imperios que ya se han consolidado, no hizo falta llegar hasta allá porque los muchachos nos buscaban por la referencia para jugar y armar las fiestas; y al final, era como si ellos también vivieran en la calle 2.
Los vecinos tenían distintas profesiones y esa ha sido su fortuna; profesores, músicos, deportistas, ingenieros, técnicos y artistas conformaban la comunidad de la calle que en momentos determinados bastaba que alguien necesitara ayuda para sacar a relucir el espíritu solidario de todos.
Sería absurdo si no confieso que la melancolía me invade al recordar tales momentos. Quedan para siempre los recuerdos como complemento de lo que hemos vivido y también la historia de una calle que aún sigue siendo alegre, colorida en sus casas, tranquila en lo cotidiano y, por fortuna, hasta la fecha con buenos vecinos.
Punto Fijo-Estado Falcón-Venezuela
24 de agosto de 2019

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Que bueno cuando se atesoran tan hermosos recuerdos, al final de cuentas, eso es lo que viaja con uno….