AUTOR INVITADO – ENFOQUE LIBERAL – EL CANDIL – AÑO III – N° 145.
Las reformas sociales, mismas que dependen de las reformas políticas y económicas, siempre que se dan a la fuerza, terminan por generar resistencia y rechazo.
Sea cual fuera la causa y finalidad que motive un cambio implementado a través de la coacción, es inevitable el descontento y, en algunos casos, el resentimiento de un sector de la ciudadanía.
Y es que ir en contra de lo establecido, de lo que ya se ha tornado cultural, es una empresa harto compleja. Por ello, si lo que se pretende es una mejoría permanente y sostenible, se requiere de un trabajo minucioso, acompañado de una gran capacidad para ser paciente, puesto que el giro en la tuerca no solo se realiza en la forma en cómo vive la gente de un lugar, sino primordialmente en su psicología.
Lo anterior en cierta forma responde al porqué de que las sociedades latinoamericanas tiendan a decantarse por opciones más alineadas con lo que su cultura les dicta, pues es un hecho que, en tal sentido, el pensamiento socialista-progresista ha logrado dominar las instituciones que mayor poder ejercen en la cultura de una nación.
Por ello, es clave partir de un estado de consciencia realista y menos idealista si lo que se pretende es virar la preferencia electoral hacia las ideas de la libertad.
Pensar en lograr en el breve plazo un alejamiento total del Estado con respecto a la economía, un recorte abrupto y definitivo de los planes sociales, o en alcanzar un deseable pero aún utópico «laissez-faire» económico, en el plano político-social actual, es tanto como autosabotearse.
De hecho, particularmente veo imposible que alguna vez se logre ese objetivo en esta parte del mundo, pudiendo quizá lograr en un muy lejano tiempo los estándares europeos solo si desde ahora y con inteligencia y constancia se empieza por generar un cambio en el pensamiento que redunde en lo cultural.
Así es como los colectivistas se hicieron del poder, a pesar de que los hechos indiquen que la libertad es la clave del desarrollo de un país.
Para dominar la realidad, hay que empezar por aceptarla.
