LA CALLE 2 – SIMÓN PETIT – EL CANDIL – AÑO III – N° 115
Salvo la distancia que corresponde al momento, sigo siendo aquel muchacho cobrizo de tanto mar y de tanto atardecer con preguntas borradas en la arena. Sigo embriagado de sol y de espuma, de la tierra firme que me trajo. Hoy que mojo mis pies en el agua tibia de esta playa mulata, no puedo evitar recordar esos momentos. Yo que desconocía las señales del peligro perseguía las gaviotas que volaban en el muelle en aquellos pliegues hechiceros del lejano horizonte. Eran gritos lanzados al aire como una piedra sobre el azul del cielo y eran brazadas que cavaban el agua tratando de hacer una trinchera y avanzar a no sé dónde; pero mis amigos eran unos delfines que nadaban rápido a lo profundo y desaparecían. El muelle era una fiesta de pelícanos montando guardia a las lanchas que llegaban cargadas de variadas especies. Los muchachos solo asomaban sus cabezas y volvían a hundirse como si fueran seres del mar. En verdad eran hijos de él. Como esa ave que nosotros llamamos tijereta y que en otros lugares la conocen como rabihorcado, la que en su vuelo corta el cielo y se zambulle para llenarse de peces que saltan alegres en el salado espejo de la mañana. En aquel tiempo el sol a temprana hora quemaba los cuerpos y calcinaba la mente. Cada día era igual hasta que llegaba el momento de regresar a mi casa en otra tierra seca y marina. En la temporada que seguía mis amigos me esperaban como otras veces con el agua al cuello, tan distinta a la que ahora a diario nos toca. Volvíamos al cotidiano reto de nadar la vida donde nadie en la orilla se extraviaba en su destino; donde el pensar era un portón abierto a otros patios para jugar. Hoy como ayer siguen asomándose desde el mar solo para tomar un segundo aire; solo para olvidarse que la vida les creció y con ella también sus angustias y pesares. Punto Fijo - Península de Paraguaná - Estado Falcón - Venezuela
