ENFOQUE LIBERAL – EL CANDIL – AÑO III – N° 142.
Probablemente el título de este libro cause rechazo a quienes, como la mayoría, conciben la definición más difundida sobre egoísmo, la cual es asociada con una conducta hedonista, antisocial, inhumana, poco empática y dirigida hacia un supuesto beneficio personal, aun si para ello sea necesario servirse del perjuicio ajeno. Lo cierto es que tal definición no es más que el resultado de un sesgo filosófico que estriba en el rechazo hacia el Yo, característica frecuente de filosofías de corte colectivista y proclives hacia el autosacrificio.
Etimológicamente, el término «egoísmo» deriva de dos expresiones: el latín «ego», que significa «Yo», y el sufijo «ísmo», el cual hace referencia a la práctica o comportamiento. Es decir, una conducta egoísta es aquella relacionada con el propio ser actuante, con su vida, con su consciencia y ser corpóreo. Metafísicamente, todo ser vivo subsiste como resultado de diversos procesos que tienen en común una sola finalidad: mantener con vida al ser vivo. Sea que se trate de una planta, un animal no-racional o el hombre, todos necesitan seguir ese curso para prolongar su existencia. No obstante, el hombre es el único ser vivo que no se encuentra dotado de un mecanismo automático de supervivencia.
Su herramienta básica, que es su mente, para llevar a cabo procesos de razonamiento, tomar decisiones y materializarlas, se encuentra supeditada a la voluntad del individuo. Una planta no puede rechazar el agua que llega a sus raíces ni los rayos de sol que iluminan sus hojas. Un animal no caza a otros animales porque sea malo, sino porque su naturaleza solo le brinda esa vía para alimentarse y seguir viviendo. Pero un ser humano sí puede decidir entre hacer lo necesario para vivir o dar por terminada su existencia. Y cada vez que voluntariamente decide hacer lo que requiere para vivir, está necesariamente actuando por sí mismo; es decir, obra de manera egoísta.
Es a partir de este punto que inicia la controversia, pues existen personas que consideran que el fin justifica los medios (idea que se deriva del pensamiento político de Nicolás Maquiavelo) y actúan en consonancia procurando satisfacer sus necesidades e intereses al costo que sea necesario, no escatimando esfuerzos si para lograr sus objetivos tienen que causar menoscabo en su prójimo.
Es a estas personas a las que lamentablemente muchos identifican como egoístas, pero en realidad no solo no lo son, sino que constituyen la antítesis. Un individuo que actúa egoístamente es consciente de que la sociedad, como conjunto de seres individuales relacionados por cuestiones de costumbre, territorialidad, etnicidad, idioma e historia, es necesaria para que un ser humano (cualquier ser humano) pueda desarrollar su vida de la forma más adecuada posible, esto en contraposición con el atomismo de un ser asocial y la conducta irracional de un antisocial.
Es consciente, también, de que dicha sociedad solo puede ser posible si sus integrantes coexisten pacíficamente, relacionándose de forma libre y voluntaria en pos de intercambiar valores materiales y espirituales que, aunque primariamente busquen un beneficio personal, terminan por generar un beneficio mutuo, el cual redunda en sus vidas y en la de quienes les rodean, tratando siempre de lograr un grado de satisfacción cada vez mayor, lo que comúnmente se conoce como calidad de vida.
El egoísta vive para sí mismo, y por la misma razón es que no excluye a los demás, no para emplearlos como medios para sus fines, sino porque se sabe como un ser interdependiente que se beneficia de los valores que los demás le ofrecen y beneficia a los demás con los valores que puede ofrecer. Esto también es llevado al campo del intercambio de valores de virtud, con principal énfasis en lo relacionado con el amor romántico, en el cual ambas partes ofrecen a la persona que aman lo mejor de sí mismos, produciendo un altísimo estado de satisfacción tanto en la otra persona como en ellos mismos.
Una persona que busca un beneficio «al costo que sea» y dice o cree que piensa solo en sí mismo, en realidad está tratando de complacer un capricho temporal, a la vez que ocasiona una carga en el mediano a largo plazo que irremediablemente tendrá que llevar. Este tipo de personas suelen padecer trastornos de personalidad que los tornan en seres indolentes y sin empatía que se encuentran en la búsqueda de placeres efímeros a costa del dolor ajeno, viviendo una existencia infeliz hasta su ocaso.
Tales individuos no son egoístas porque no están pensando en ellos ni actuando por ellos. Una forma de vivir que contempla la causación de daño y dolor en sus semejantes para así pretender lograr felicidad o mero placer, es justamente lo opuesto a vivir pensando en la vida propia.
Nadie que piense en lo mejor para su vida puede admitir como algo necesario el perjudicar a otros. Si la coexistencia pacífica entre las personas es necesaria para que una sociedad siga existiendo, y si la existencia de la sociedad es necesaria para que cada individuo procure lo mejor para su vida, dañar a los demás es algo que no se debe hacer.
Para una mayor profundización en el tema, sugiero leer esta magnífica obra de Ayn Rand, en la cual desarrolla a través de ensayos la ética objetivista, la cual es parte de su sistema filosófico: Objetivismo.
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