Maria Eva Otero

Lo que voy a contar es real.
Esto me sucedió cuando solo era productora en “Liderazgo sin límites”. Era una linda mañana en Caracas y un día mas para visitar clientes. El Cliente no era cualquiera…era PepsiCo; ya llevaba varios días cuadrando esa reunión, hasta que al fin pude concretar una cita.
El día fijado y una media hora antes de lo acordado, estaba yo subiendo las escalinatas de la terraza que lleva a la entrada principal, con una sonrisa de satisfacción y la mirada fija en el copito de aquel imponente edificio.
Me acerque a la entrada con seguridad, con paso firme, a lo Dayana Mendoza en pasarela del miss Venezuela. Todo iba bien hasta que de repente, una de mis zapatillas de cristal se me salió del pié, haciéndome perder el tongoneo.
En ese momento me invadió el espíritu de Cenicienta e invoque la aparición de un príncipe azul. Recuerdo que eso me dejó inmóvil y sin poder avanzar, ya que una de las tiras de la zapatilla se salió de su lugar y me era imposible continuar así.
De repente, de forma inesperada al propio estilo de los cuentos de Disney, un claxon de auto comencé a escuchar insistentemente; giré para buscar el origen del alboroto y pude observar que, de un carrito chiquito, la mano de un hada madrina salía por la ventanita agitando un pedazo de tirro.
Resulta que aquella mujer, a quien no conocía, que vio desde lejos aquel percance que me dejó descalza y aterrada en plena entrada de PepsiCo, decidió bajarse de su carrito, acercarse y brindarme ayuda con un pedazo de tirro transparente:
-Me ha pasado amiga, me dijo sonriente.
Sé que esta historia puede parecer un poco “niche”, pero quiero que sepan que en esa persona vi a Dios. Vi también la bondad, empatía, creatividad, y sencillez del venezolano.
Con esta anécdota quiero decirte que no estamos solos. Que aquí en Venezuela siempre encontrarás una mano amiga que te tienda la mano y que la ayuda llega de donde menos lo esperas.
Caracas, Venezuela
30 de marzo de 2019
