Por Simón Petit Arévalo

Lo primero que supe de él fue a través de mi primo Milton Quero Arévalo quien me contó que estaba haciendo un taller de teatro en la escuela del maestro para actuar en la obra que fue su más reconocida “Vimazoluleka” a finales de la década de los 70. El nombre de Levy Rossell fue entonces más recurrente porque en ese momento yo estaba también haciendo teatro con el grupo Juan Pueblo en Punto Fijo al lado de Henry Baldayo, Luis Villaroel y Omar Pérez, entre otros grandes hermanos.
Con los años, la vida me llevó a dirigir una institución que marcó para siempre mi vida, el Ateneo de Punto Fijo, y como Director General fui, como era costumbre, al CONAC, específicamente a la Dirección de Artes Escénicas. Al presentarme, solicité una entrevista con quien era el jefe de esa oficina, Herman Lejter. En ese momento no se encontraba y su secretaria me dijo que podía atenderme después pero que le dejara mi nombre y de dónde venía. Ella dio la espalda y llevó la nota al despacho de Lejter y en ese momento escuché una voz grave que me decía: “Hola Simón. ¿Cómo estás paisano?” “Bien”, le respondí y al girar vi a un sujeto sentado, muy cómodo, con su pierna cruzada y los brazos extendidos como dueño del mueble, de camisa oscura y pantalón mostaza, con unos lentes de pasta redondos, grandes, y cabello recortado.
“Soy Levy Rossell”, me dijo. Entonces mi emoción brotó sin complejos y le dije, ¡Maestro qué placer!, y conversamos largo rato sobre Paraguaná, de sus primos de El Hato y su nostalgia por Adícora, tanto que se hicieron las 12 y pico y me invitó a comer en un restaurante cercano para luego regresar y cumplir el objetivo de reunirme con Herman Lejter. Por supuesto, el entró primero y cuando se despedía de Lejter le dijo “dale al paisano el apoyo que necesite. Es como si me lo dieras a mí”.
Pasaron muchos años; pero fue en el 2003 cuando volví a encontrarlo, esta vez junto al maestro Abreu en el Ateneo de Caracas. Me acerque con la natural incertidumbre y lo saludé presentándome una vez más y me sorprendió diciéndome, “tanto tiempo, chico” “Pensé que no se acordaba de mí” “Claro que me acuerdo, vale, y ¿qué pasó, no trajiste dulce de leche?”, bromeó, y volvimos a entablar una encantadora conversación, esta vez, con el maestro Abreu. Me preguntó por su primo el poeta Rafael Rossell y qué expectativas había con el teatro en Falcón.
Hasta allí, quedaron esos encuentros. Lo que supe después es lo que la mayoría quizá conoce, su actuación como jurado en algunos concursos de talento en Venevisión. Su incansable labor de formación de actores y artistas para el medio televisivo y el sector cultural, y su entrega a lo que fue su gran pasión, el teatro.
» Levy Rossell fue una persona cuya calidad se desbordó en sentimiento y honestidad»
Simón Petit
Basta solo cruzar algunas palabras con alguien para saber quién es. Quizá, como fue en mi caso, no conocerlo entrañablemente; pero si haber visto el cómo sin tener el frecuente contacto y acercamiento, Levy Rossell fue una persona cuya calidad se desbordó en sentimiento y honestidad.
Levy se fue con 73 años recién cumplidos el 25 de abril del 2018. Estaba recluido en la Cruz Roja y muere de una afección respiratoria por falta de medicamentos. Triste realidad que no se puede ocultar. No voy a generar discusión ni debate, pero si decir que esto no debería pasar. Levy nos deja toda su experiencia y una cantidad de alumnos que andan por el mundo con sus enseñanzas. Decía Schopenhauer en su obra El Arte de ser Feliz que “La alegría desmesurada y el dolor intenso siempre se dan en la misma persona, porque ambos se condicionan mutuamente y también están condicionados por una gran vivacidad del espíritu”. En Levy Rossell percibí eso y creo que, por encima de cualquier circunstancia, fue un hombre feliz. Feliz de saberse a sí mismo un hombre querido por todos, porque a todos les brindó su querencia como ser humano.
Punto Fijo, estado Falcón, Venezuela
20 de abril de 2019
