PARA PEDREGALEROS – FREDDY RIERA – EL CANDIL – AÑO I – N° 25.
PROEMIO
Recién casados Kliver y Nelly, tomaron sus macundales por allá por el año de 1952, y se fueron a montar tienda aparte en Punto Fijo; un caserío con futuro, ubicado en la península de Paraguaná, Estado Falcón.
Ellos salieron en busca de mejores condiciones de vida en todos los aspectos, ya que Pedregal, se encontraba en un estado de postración absoluta, como resultado de años de sequía, lo cual produjo la ruina de productores agrícolas y pecuarios.
Esa condición climática terminó con las siembras de maíz, mijo y caña de azúcar; acabo con los trapiches, y con la cría de ganado vacuno, caballar, jumentos, y mulas.
La época de oro de Pedregal había pasado. No circulaba el biyuyo como antes; las fuentes de empleo escaseaban, y los grandes comerciantes comenzaron a poner la mirada en zonas más prósperas como Carora, Barquisimeto, y todas las zonas petroleras del país.
Familias completas abandonaban el pueblo, y poco a poco, casonas solas, y tierras abandonadas comenzaron a convertir a Pedregal en un pueblo de esos que describe Rómulo Gallegos en su novela Casas Muertas.
Por otro lado, la era petrolera estaba naciendo, y esa nueva promesa surgió como un faro de luz en las tinieblas, atrayendo a miles de personas de todo el país. El éxodo era la mejor vía para sobrevivir a la crisis, sobre todo para quienes tenían espíritu emprendedor.
El caserío de Punto Fijo fue el destino elegido por mis padres; era lugar de residencia temporal para muchas personas en búsqueda de un trabajo decente, sobre todo en las refinerías de la Royal Dutch Shell; mejor conocida como La Shell; la Creole Petroleum Corporation; mejor conocida como La Creole, o en la Mene Grande Oíl Co; mejor conocida como La Menegrande. Esta última, fue un campo de almacenamiento de crudo para exportación. Punto fijo estaba ubicada en medio de las dos refinerías, en la parte occidental de la Península de Paraguaná.
Una oleada de jóvenes Pedregaleros partieron; unos rumbo a Coro, otros a Punto Fijo, Cabimas y Maracaibo, Valencia y Caracas donde conformaron grandes grupos de coterráneos.
Ninguno pudo olvidar sus raíces. Todos aprovechaban cualquier motivo para volver al terruño querido. Aún estaban frescas las reminiscencias del pueblo, y el reencuentro con familiares y amigos era una verdadera fiesta repleta de anécdotas.
Nací en Punto Fijo en el año 1953, y tengo recuerdos de Pedregal desde los 8 años (1961), cuando viaje con mi Tío Adelis Leal, en un carrito por puesto de la Línea La Responsable desde Punto Fijo, hasta el mercado viejo de Coro, donde embarcamos en la camioneta de Chindito Jiménez hasta Pedregal por la carretera vieja.
Hasta que cumplí 20 años no me perdí ni una sola celebración de Semana Santa, ni un fin de año y ni una caminata del día del comerciante acompañado de mi familia.
Durante las vacaciones escolares del mes de julio mi destino turístico no podía ser otro. Año tras año, un mes en Pedregal. Nos reuníamos Ivancito, Julio Cesar y Franklin.
LA ANÉCDOTA
Todo ocurrió el 31 de diciembre del año 1.971. El hecho principal, objeto de esta crónica, marcó un hito en mi vida, ya que pude comprobar que no todo lo que brilla es oro, y además, me permitió valorar enormemente una cartera que con mucho cariño me había obsequiado Kliver Riera, mi querido padre, a quien recordare por siempre.
LOS PREVIOS
Para el mes de diciembre de 1.971 vivíamos en la calle Girardot, Quinta Adalmary, número 163, de Punto Fijo; ya tenía mi licencia de manejar lista para estrenar en el Chevrolito modelo Belair, del año 1957, color verde agua con techo blanco con Aire Acondicionado adaptado. Mi papá cuidaba ese carrito con mucha dedicación y esmero.

Recuerdo que esperaba con ansias el 31 de diciembre para estrenar la ropa que mi papa me compraba a crédito, pagando 5Bs semanales por medio del club de trajes en la Sastrería Petronio, teléfono 1820, ubicada en la calle Zamora de Punto Fijo, frente a Pastelería La Española, el Salón de Belleza de las Hermanas Blanco, y la Lavandería Caracas de los Laguna, y al lado de Foto Estudio Di Loreto, de Don Mario Di Loreto.
Mi tío, Cesar Emil Riera Basalo, propietario de Sastrería Petronio, sastre de fino corte, fue por años el artífice de mi elegancia; elegancia complementada por un «porta llaves” tipo estuche, y una «billetera de plástico con broche», con una impresión que decía «Brett & Falcón, S.A»; obsequio que recibía de mi papá todos los diciembres, ya que él trabajaba en esa venta de repuestos, cuyo dueño fue Don Teodoro Brett, a quien todos llamaban Lolo. «Brett & Falcón» estaba ubicada en la esquina formada por las calles Girardot y Ecuador, Teléfono 1660.
«El Humilde Ferreter»; así llamaba Ysmal Medina a mi Papá, y él, cada fin de año, llevaba un lote de esos portallaves y billeteras para obsequiar entre su familia y amigos. Todos mis primos, tíos y amigos tenían el mismo porta llaves, y la misma billetera. Los teníamos de todos los colores. Las había en vino tinto, marrón, negro, verde militar y azul marino.
La billetera tenía forma rectangular; Su característica principal era su rigidez. No tenía la flexibilidad del cuero. La rigidez se la daba un cartón forrado en semicuero, ya que este por sí mismo es muy flocho. En ambas contra caras tenía un bolsillo transparente para guardar la cédula, fotos u otro documento. También tenía una especie de bisagra de cobre dorado por el lado izquierdo donde estaba insertado un gancho en forma de «S» para prensar billetes. Por su lado derecho tenía un broche para mantenerla asegurada.
Varios pantalones con etiqueta «Petronio», terminaban con un hueco en el bolsillo trasero izquierdo, gracias a esa barra de cobre.

Para el 30 de diciembre de 1971, ya toda la familia había llegado a Pedregal. Llegaban desde Curazao, Caracas, Coro, Punto Fijo y Churuguara, y dada la circunstancia de que no cabíamos en la casa de Mamá Cocón (Tía Asunción), las mujeres se quedaban en la casa de Cocón, y a nosotros en la de su hermano, o sea mi abuelo Adán Leal. Ambas casas ubicadas en la calle Comercio, distantes una de otra como a 100 metros aproximadamente, con el callejón de Doñana y la calle Falcón de por medio.
Desde siempre, Pedregal ha padecido de problemas con el suministro de agua potable. En épocas remotas llovía mucho en esa zona. Así que, para aprovechar al máximo las benditas aguas de lluvia se construían unos depósitos llamados aljibes donde se colectaba y almacenaba.
Las familias pudientes tenían aljibes, y los menos ricos tenían » pipas» o «tambores» de metal de 200 litros. En la casa de Cocón y Tïo Nicolás había unas pipas con franjas amarillas y blanco, con el logotipo de la Shell, que es una concha marina; la cara interior del tambor lo cubrían con cemento. Recuerdo las larvas de zancudo subiendo y bajando.
También recuerdo, no con nostalgia, pero si con una sonrisa interior, las letrinas al fondo del solar.
Ir a deponer se constituía en todo un proceso de logística y equipamiento en modo safari. Nada más sentía algunos retortijones, comenzaba el proceso de búsqueda de los implementos.
Armado hasta los dientes, abría un portoncito que da al solar. Un portón cubierto con hojalatas donde se leía «Aceite Branca. Si brinca, no es Branca»; inmediatamente, no más entreabría la puerta, corrían a recibirme, el más variado muestrario de la zoología doméstica.
En el solar, convivían el gallo y sus gallinas, los cochinos, la cabra y las moscas; muy atentos todos ellos. Me escoltaban hasta el depósito de las heces (excusado o letrina) con un alboroto y una algarabía que aquello me recordaba la fábula del mago Merlín con su flauta mágica. Solo que no era una flauta; eran flatos, y que para ellos era mágico.
Recuerdo que solíamos llevar, además del rollo de papel higiénico marca Cruz Verde, de color gris de a locha, una vara de cañizo, y una bomba de Flit Black Flag para espantar el mosquero.

Esa variada fauna me perseguía hasta llegar al llegadero; me hacían una rueda, y casi que sentía las hurras y los ra, ra, ra.
Una vez dentro del espacio donde estaba el excusado, uno evaluaba el lugar; miraba pa los lados, pa’rriba, pa bajo, buscando la mejor manera de realizar el procedimiento.
A un lado de la letrina coloque mi armamento espanta clientes, luego me afloje la correa, y me baje los pantalones, listo para subir al agachadero.
Confieso que nunca pude agachar directamente en el ojo del excusado, en ese hoyo negro, bien negro, profundo y hediondo, coronado con un rectángulo de bloques, rematado con un friso de cemento, que servía para posarse de pies y agacharse. Pensaba que estaba parado sobre un piso que podía desplomarse y caer.
Nunca pude apuntar al agujero negro. Al posarme de pies sobre el agachadero, dirigía la mirada al pozo profundo, y de inmediato me bajaba del agachadero, me apartaba, y entonces, deponía a un lado, en la tierra; con lo cual, inmediatamente se alborotaba el mosquero, cuyos zumbidos rompían el eterno silencio ensordecedor que me chillaba en los oídos. Despues, que los quinchonchos con chicharrones, huevos fritos y chanfaina habian recorrido los 32 metros del instentino delgado y el instentino grueso, ahi quedaban, en la nada.
Con la vara de cañizo mantenía a raya a los cochinos, y con la bomba de flit, a las moscas; pero con las gallinas no había forma, ellas eran mucho más intrépidas, y además eran un montón. Mas de uno salía de ahi diciendo que le habían picotedo las nalgas. Ese asecho me obligaban a moverme agachao al rededor del excusado dejando las marcas, por aquí y por allá.
Hubo quien salió despavorido, corriendo con el gallinero detrás. Mas tarde, aquella fauna habría de pagar su manutención, proveyéndonos de huevos frescos, caldos de gallina y chicharrones, completando así el ciclo ecológico alimenticio.
Llegamos a la conclusión que no se podía ir a la letrina en horas del mediodía, pues, el alboroto que formaban las gallinas era de tal magnitud que no dejaban dormir a Tío Nicolas (Papache).
Cuando escuchábamos a Papache decir:
– Dejen quietas a las gallinas que no me dejan dormir!
Era porque alguien iba directo al agachadero.
El asunto llego a más, al punto, que por la forma de cacarear las gallinas, y el chillar de los cochinos, se podía deducir lo que se había comido ese día en casa. Así que, ir a excusarse por aquellos días, no era un secreto para nadie.
Estas condiciones de insalubridad mejoraron con la llegada del inodoro de porcelana blanca. Cuentan los habladores del pueblo, que muchas personas no se sentaban en la posadera del Guater, sino que se subían de pies en ella y luego se agachaban, de la misma forma que lo hacían en el excusado. Válgame Dios!
Después de haber descrito el entorno, volveré al asunto principal. Recuerdo que, en las vísperas del feliz año, es decir, el 30 de diciembre, los muchachos de la casa nos reuníamos en el patio interior.
Aquel patio era muy acogedor, muy típico de las casas del pueblo; con pisos de ladrillos de arcilla roja quemada; un bajareque de barro y enea alrededor del patio pintado con cal, de ese que no se le puede uno arecostar porque deja el manchón, con una franja en azul añil en la base, y una hilera de tejas en su parte superior. No podían faltar las latas de manteca Los Tres Cochinitos haciendo de materos con enredaderas, cayenas y clavellinas, y una cota con la patas cambetas picoteando en el piso por aquí y por allá.
En ese patio nos reuníamos los muchachos, después de desayunar unas inigualables arepas de maíz pilao hechas por María Gómez, en aquel fogón de barro con leña de cují, para acompañar unos huevos fritos criollitos del solar y una sabrosa natilla.
Imposible olvidar aquellos amaneceres, el olor del fogón de leña, el aroma del café hirviendo, el trinar de los pájaros, el rechinar de la rueda de la carretilla de Leoncio donde traían el agua, y el rebuzno de los jumentos al pasar frente a la casa.
Ahí en ese patio nos poníamos de acuerdo para salir a caminar por el pueblo a visitar a la familia y amigos.
El plan de nosotros siempre era el mismo; visitar a Lerys Riera. Por el camino parábamos en la casa de Las Basalo, Los Liscano, Abuelo Moises, y después, Tía Jovita.
El próximo toque impelable era el estanque y la mata de Isiro. También podíamos ir a las veras de río Pedregal, al Cerrito, a la Plaza Bolívar, al Boulevard, o a las Aguas Termales con un poco más de tiempo.
El 31 de diciembre de 1.971, producto de la visita a Tía Jovita el día anterior, tal y como lo habíamos acordado, el primo Fidias pasó por mi desde muy temprano para dar unas vuelticas por el pueblo, en una camionetica Toyota, modelo Landcrusier 4×4, con mocha, color azul pálido.
Hicimos un «tour» por Pedregal, visitando amigos y echando cuentos a montón. A las 7:30 de la noche estábamos recalando y Fiditas me dejó en casa de mi abuelo Adán.
Me bajé de la Toyota, di varios pasos y me paré al frente de la gran puerta de madera de dos hojas color caoba oscuro, las empujé y atravesé el umbral recorriendo el zaguán hasta llegar a un corredor transversal que va de un lado a otro y alrededor de los cuartos. En el centro, un patio interior con pisos de ladrillo. Un bombillo de 25 watios en el zaguán alumbraba tímidamente.
La casa de mi abuelo Adán tiene el frente mirando al poniente, así que se entra a ella de oeste a este. A la izquierda del corredor quedaba el cuarto donde estaba mi maletica con mi traje «Petronio», mis zapatos «Gruman», la camisa «Opus», el «Vetiver de Gerlain», la toalla «Canon», mis calzoncillos «Mc Gregor», mi peine de carey No 11 marca «Shick», y mi billetera «Brett & Falcón».
Recordé que en ese mismo cuarto dormía mi bisabuelo Papá Viejo, quien falleció a los 100 años.
Obviamente, dada la hora, era el último en tomar el baño, No había nadie más aquí en la casa, y además, al pasar por el frente de la casa de Tía Cocón, vi mucha gente reunida ahí. Así que me apresure a darme el baño para no perderme de nada.
EL EXTASIS
Al aproximarme al baño, observe un objeto oscuro difuso por efectos de la escasa luz, en el brocal alzado del pasillo, donde descansan las columnas de los aleros.
Aquel objeto difuso llamo mi atención, y al precisarlo descubrí que era nada más y nada menos que una cartera.
Era una cartera de verdad, no una billetera de cartón y plástico. Era una verdadera cartera, y además de cuero.
No pude resistir la tentación y de inmediato me agache, la observe y la tome con mis dos manos, y lentamente me fui levantando, con aquel húmedo objeto. Por primera vez en mi vida pude percibir el exquisito olor del cuero fino. Aquello era el éxtasis.
Cerré mis ojos, y moviendo la cabeza hacia arriba como imaginando el cielo estrellado, respiré profundamente para inhalar aquel exquisito olor a cuero fresco; a verdadero cuero fresquito; claro, la cartera estaba húmeda.
Inmediatamente reaccioné, abrí los ojos, y me preguntaba si ese era el olor del cuero, porque después de todo, no me parecía tan agradable.
Inspeccione la cartera, le di vueltas, la abrí, y la revisé para ver si tenía algún documento; pero nada, no había nada en su interior, nada que permitiera conectarla con alguien; entonces de inmediato me dije a mi mismo:
-¡Coño, que suertudo eres Freddy! Ahora por fin podrás tener tu primera cartera de cuero.
Ahora podría deshacerme de esa pobre billetera de plástico de «Brett & Falcón».
En mi reflexión sobre esto, me decía:
-Nadie abandona una cartera de cuero así por así. Quien la haya puesto ahí, la dejó abandonada. Así que la tome para mí.
Rápidamente fui al baño, donde había una pipa con agua, una silla de madera con cuero de chivo para colocar la ropa, y apresuradamente, con un pote crema de arroz Polly me di un baño de lo más orondo, y tan rápido como pude, con la toalla en modo guayuco, me fui de nuevo al cuarto con mi cartera de cuero, con el fin de hacer el tan esperado cambiazo.
Aquello fue místico. En medio del patio, me di un gustazo sacando lo poco que tenía en esa triste billetera para guardarlo en mi nueva fabulosa cartera de cuero; húmeda y con olor sospechoso.
Así como en cámara lenta, tome la billetera de «Brett & Falcón», y la lance al solar que había al fondo de la casa de mi abuelo.
Por fin, después de muchos años esperando ese momento, al fin ya podía presumir ante todos aquellos que tenían billetera de plástico, que yo era poseedor de una flamante cartera de cuero fina y elegante, con olor a cuero fresco.
Así que después del cambiazo, me vestí tan rápido como pude, y para cerrar con broche de oro, encasqueté mi primera cartera de cuero en el bolsillo trasero izquierdo de mi pantalón Petronio. Ya no sentiría más esa molesta bisagra de bronce.
Pero algo no encajaba bien en todo esto. Un olor tenue poco agradable me perseguía, y claro era ese olor del cuero que no terminaba de convencerme.
Así que, después de haber recorrido algo así como 20 metros, me devolví y me rocié un chorro de «Vetiver», suficiente como para disimular un poco ese olor característico dudoso de este cuero fino húmedo.
El éxtasis y la euforia que experimente hace una hora ya no era la misma.
La sonrisa de placer que tuve al principio se desdibujaba poco a poco, y ahora mas bien tenía cara de escéptico.
No obstante, me di mi dosis de auto estima, y enfile camino nuevamente rumbo a la reunión de fin de año, en la casa de Tía Cocón.
Atravesé la calle Falcón, pasé por el Registro Civil, el callejón de Doñana y al ingresar por el zaguán, vi el gentío en el patio. Todos escuchaban atentos las declamaciones de Tío Cruz Romero Calles, proveniente de Barquisimeto, y el ambiente impregnado con aroma a tabaco, característico de Tío Juan María Montero.
Mi mamá, en voz baja me reclamó preocupada la llegada a esa hora, pues ya eran casi las 9:00, y como siempre me pregunto si ya había comido.
Realice un paneo entre los asistentes y pude distinguir a Tía Chinca y a Tío Juan María Montero, quienes habían llegado desde Churuguara. A Tía Bertha, Tía Leoncia, y a Tía Lelia, quienes habían llegado de Curazao, estaban todos mis tíos, primos y abuelos.
Era una parranda muy sabrosa, donde se cantaba, se contaban anécdotas, se declamaba y se mostraban los talentos artísticos de la familia.
Recuerdo la risa espontánea y contagiosa de mi papá, única, alegre, especial. Él fue algo así como el alma de las fiestas.
Todos celebraban los chistes de Tío Armindo. La parranda era amenizada por mi primo Julio Cesar en la guitarra, acompañado por mis primas Maritza y Betty en el coro, al son de un extenso y exquisito repertorio de música venezolana. Era un verdadero ambiente festivo, sano, familiar, transparente, fraterno y hermoso.
CONFRONTANDO LA VERDAD
Después de los aplausos para Tío Cruz por sus declamaciones, tomó la palabra mi Tío Leonel, quien hacía de maestro de ceremonias; papel que desempeñaba magistralmente.
Seguidamente, y en medio de la algarabía, anunció que narraría lo que le había ocurrido en la tarde de ese mismo día, mientras se preparaba para esta reunión.
Todos estaban atentos, y yo un poco distraído, conversando de otras cosas en voz baja con mi primo Armindito, alias el Gato, quien se había hospedado en casa de Tía Jovita.
Inmediatamente después, Tío Leonel inició su narración y de forma pausada repitió que describiría lo ocurrido con su cartera nueva que había comprado en Caracas.
Inmediatamente algo me hizo clic, abrí los ojos como nunca, dirigí todos mis sentidos hacia su narración, y con la mano izquierda apretando fuertemente el bolsillo donde tenía mi cartera de cuero, me dispuse a escuchar:
–Sucedió que, a eso de las 3 de la tarde, llegue con una urgencia a la casa de Adán, dízque para darme un baño. Bueno, esa fue la excusa que di en El Salón Tropical, pero en verdad tuve la necesidad urgente de ir a la letrina.
Corrí antes de que algo grave ocurriera, y entre el afán por quitarme los pantalones y lo apremiante de mi situación, por un lado, la cartera de cuero fue a dar al fondo del pozo y más atrás, lo demás.
Las carcajadas de los asistentes no se hicieron esperar, mientras yo, con mi sonrisa más parecida a una mueca de dolor, entre dientes, no podía creer que mi cartera pudiera ser aquella que me estaba imaginando.
Las carcajadas reventaban mis oídos. Inmediatamente todos los asistentes ya no se preocupaban por la diarrea de mi tío, sino por su cartera de cuero.
– ¿Y qué paso con la cartera? ¿Se embarró toda? ¿La pudo rescatar? ¿Tenía cobres? ¿Y los papeles? ¿Qué paso después?
¡Ahora era yo quien estaba sudando frío!
Con sus brazos levantados, y haciendo gestos de calma pueblo, prosiguió explicando el Tío Leonel:
-Después que terminé, busque unos cañizos largos en el solar, para saber la profundidad del pozo. Me tape la nariz con un pañuelo, y observe a través del ojo del excusado, que mi cartera estaba allá. Ahora el problema estaba en cómo sacar la cartera, no tanto por ella, sino más bien por los 100 bolos, la cédula y la licencia.
A estas alturas del cuento, ya no tenía duda alguna. No había cabos sueltos. Muchas coincidencias. La casa de Abuelo Adán, la letrina, la cartera, el olor. Esa cartera en el fondo de la letrina y la que yo me conseguí, son las mismas.
Entonces Tío Leonel, después de un traguito de güiski prosiguió contando su percance:
-¡El problema era, como carrizo sacaba esa cartera de ahí! En el momento no se me ocurría nada. El afán por sacarla no era tanto por la cartera, ni por los 100 bolos, sino por la cédula y la licencia.
Las risas no dejaban de salir. Risas por aquí, por allá. Incluso, los mamadores de gallo, que los había por montón, exclamaban en voz alta:
-mmmju por aquí huele feo.
Yo me dije:
–No puede ser que el olor se sienta tan feo así.
Inmediatamente los mamadores de gallo comenzaron a decir lo mismo:
-huele a ñoña
Yo comencé a inquietarme, al punto que ya parecía un perro sabueso oliéndome para comprobar si en verdad el olor a cuero de letrina salía de mí.
Al mismo tiempo, Tío Leonel continuaba su historia:
–Así que, me vi en la necesidad de pedir ayuda, salí a la calle, y a un carajito que estaba por ahí cerca, lo llamé y le ofrecí 100 bolos. Creo que era un muchacho a quien le dicen Tripita de Pollo.
En la botica de Francisco Ferrer conseguí que me prestaran una linterna, y en el solar conseguí alambre y un pote viejo de jamonada. Conseguí también varios pañuelos.
-Después de varios intentos, sacamos la cartera, llena de pupú; Medio la limpiamos, le di los 100 bolos a Tripita e Pollo, y salí a comprar jabón en polvo en la bodega de Freddy Argüelles. Por más de una hora estuve tratando de quitarle el mal olor, pero era tan fuerte, que no tuve otra opción que dejarla así. Entonces la coloque en un sitio donde le diera el sol.
Las risas y los comentarios siguieron, y yo, quien ya no tenía dudas de que ese olor a cuero no podía ser cuero fresco, salí corriendo como alma que lleva el diablo, a la casa de mi Abuelo Adán, y rápidamente saque mis papeles y coloque la cartera de cuero en el mismo lugar donde la había conseguido.
De inmediato, me fui al solar a buscar mi billetera de «Brett & Falcón». Por suerte conseguí una linterna China, y en medio de aquella oscuridad, la pude encontrar.
En ese momento sentí una mezcla de alegría y frustración. Entonces, con las manos olorosas a cuero, me lave bien las manos, y regrese a la reunión.
Para ese momento, El Tío Armindo cantaba el bolero «Perfume de Gardenia».
Inmediatamente fui buscando a mi Papá entre la gente, a quien pude ver al otro lado, sonriente como siempre, inquieto como siempre, y al llegar hasta él, me aproximé, lo abracé, me ofreció un whisky, lo acepté, brindamos por el año nuevo y le dije:
–Papá, me ha pasado algo con la billetera de Brett & Falcón. Te contare después. No lo creerás.
–¡Que paso, que paso! Exclamó el mientras se tomaba otro traguito de escoses.
–Después te cuento con detalles.
–ok, ok. El siguió divirtiéndose en aquel encuentro familiar que tanto disfrutaba.
Yo por mi parte, estuve toda la noche oliéndome las manos y riendo por dentro. La parranda prosiguió, nos dimos el feliz año, amanecimos, desayunamos, y nos fuimos a descansar, ya que al día siguiente, el 02 de enero, sería la tradicional caminata del día del comerciante.
Pasaron los días de ese nuevo año 1.972, y decidí guardarme esta historia, que al momento resultaba muy bochornosa para mí, ya que las bromas y las burlas podrían hacerme pasar momentos aún peores cuando se revelo ante mí esa impactante verdad, considerando la calidad de los tomadores de pelo que hay en la familia.
Así que, esta experiencia me enseño en primer lugar, a valorar la enorme fuerza que tienen los pequeños gestos de amor de nuestros padres, y en segundo lugar que “No todo lo que brilla es oro”.
Terminado en Maracaibo, el 10 de febrero de 2.015, a 45 años y 2 meses de los hechos
Naples-Fl-EEUU
21 de septiembre de 2019

Muy elocuente, detallada y graficada la reseña…..Felicitaciones…!!
Interesante relato sobre esas experiencias Pedregaleras. No puedo dar ‘like’ a ninguno de los artículos. Trata de solucionar eses problema. Me imagino que les pasa a todos Saludos
Sent from my iPhone
>
Jajaja. ¡Que buen cuento! me encantó todo lo que relatas de la vida cotidiana y de los personajes de aquellos tiempos, tanto en Pedregal como en Punto Fijo, lo que en pocas palabras es nuestro proyecto de reconstruir la vida y tradiciones de nuestro pueblo.
Estoy segura que también te encantará lo que cuento en mi libro sobre la vida de mis padres. Con tu permiso te voy a citar en ese libro.
Espero que más pedregaleros se animen a contarnos sus anécdotas o a dejar escrito con nombres, fechas y situaciones, los datos de su parentela. Saludos.
Gracias Mirela. Tu comentario es muy estimulante, y por su puesto, puedes hacer las citas.
Freddy, hermano te felicito por la impecable redacción, cada dia que leemos tus escritos nos llena de plena satisfacción, no tiene perdida, diría Manuel Ramìrez, es una extraordinaria crónica que nos devuelve a nuestra infancia y a nuestro amado pueblo, Darle gracias a Dios por esas reuniones familiares realizadas en diciembre en el Pedregal de ayer, esas anécdotas son las que «Pedregal Ayer y Hoy» lo hacen grande, su gente rescatando la historia, es esa la razón por la que hemos crecido, gracias a los hombres y mujeres que le han puesto a sus artículos, alma, corazón y vida, adelante hermano, Usted tiene la Bandera en sus manos,atendiendo a más de 2000, seguidores, que hoy disfrutan con mucha satisfacción tus excelentes escritos, aunque tengan mal olor, estoy a punto de resolver mi problema con el Internet, Volveremos al poder, como dijo don Romulo Betancourt, con mas fuerza y con el deseo de seguir rescatando la historia de grandes hombres y mujeres de Pedregal, un gran abrazo
De Parte de Josè Cheolo Ramìrez S
Muchas gracias Cheolo. De tanto leer a los maestros que, a Dios gracias colaboran en El Candil, algo queda.