LA CALLE 2 – SIMÓN PETIT – EL CANDIL – AÑO III – N° 106.
Muchos de quienes estudiaron en el Liceo Mariano de Talavera en las décadas desde 1960 hasta finales de 1980, seguramente recordarán a un profesor que en la pizarra fue extremadamente ordenado a la hora de impartir sus clases. El profesor dividía en tres secciones el espacio que le brindaba el pizarrón y con una letra de caligrafía tipo Palmer, plasmaba fórmulas y conceptos de una de las materias más tediosas para cualquier liceísta: física, y, con ello de antemano ya decía sin palabras cómo era su exigencia para recibir los trabajos y los exámenes de ésta.
Fue odiado, claro está, por aquellos que no lograban pasarle la materia; pero a su vez fue muy respetado y admirado por quienes captaron con más atención estas clases. Rubén Ismael Padilla Sánchez, fue ese profesor. Había llegado desde la ciudad de Coro, de las aulas cecilianas como acostumbraba decir, y con la jactancia de haber sido en la década de 1950 del Liceo Cecilio Acosta, el profesor de esos “muchachos” que forjaron su nombre posteriormente en la historia falconiana, como por ejemplo, Hugo Fernández Oviol, Douglas Bravo y Luis Alfonso Bueno, entre otros.
En el Mariano de Talavera e Instituto Cardón fue donde el profesor Padilla consolidó su buen nombre para la ciudad recién llegada, tal y como nuestro querido poeta Guillermo de León Calles ha llamado a Punto Fijo. Y se convirtió junto a los profesores Douglas Rovira y Carmelo Duarte en los íconos más representativos del hasta ese momento el liceo más grande de Paraguaná.
Hay que agregar que el profesor Padilla fue cofundador del Diario La Mañana, así como uno de sus más consecuentes columnistas. También escribió para los diarios Médano y revistas locales y nacionales y fundó la revista Vórtice del Ateneo de Punto Fijo. Fue a su vez fundador de los Ateneos de Coro y Punto Fijo, respectivamente, y en este último fue su presidente desde 1966 hasta el 2008. Fue directivo de la Federación de Ateneos de Venezuela y de la Fundación Amigos de la Cultura de Paraguaná. Creador junto a Ingrid Sierraalta de Herrera y Jorge Esteva de la Escuela de Danza del Ateneo y tantas otras obras que por razones de espacio no nos alcanzaría destacar su papel protagónico en ellas.
De verbo extenso, encendido, y en muchas ocasiones, enciclopédico, Rubén Ismael Padilla siempre mostraría en su discurso la crítica abierta al ejercicio político que era cada vez más deshonroso para la misma política en la década de 1990. A través de su columna Visual, propuso en algunos de sus textos la ventana para la discusión y el debate que permitiera desarrollar un mejor alegato político y así avanzar localmente como ejemplo para el país. Ello nos dice, entonces, que fue un romántico empedernido, pues la política de los últimos tiempos ha sido desdibujada por los politiqueros de oficio, que disimuladamente se burlaron de él catalogándolo muchas veces de iluso.
En Visual a veces llegaba a firmar como Rubispa, que serían las sílabas iniciales de su nombre. En Vórtice (la revista cultural del Ateneo de Punto Fijo) a veces firmaba como RIP. Lo cierto es que logró captar una cantidad de lectores que semanalmente esperaba los días jueves para leerlo en La Mañana y en el diario Médano. Sin duda, le apasionaba leer, escribir y conversar. En más de una ocasión conversábamos toda una mañana sobre los distintos temas que abarcaban desde lo político a lo social, económico y cultural. Y en oportunidades también nos dijimos lo que nos gustaba y disgustaba en esa relación personal de amigos cercanos, de hermano mayor a menor, y, por qué no: de padre a hijo.
El profesor Padilla tenía esa fama de ogro, de mal encarado, de prepotente, de déspota, de viejo malcriado, y en realidad, quien lo conoció bien, sabe que eso está muy lejos de quien realmente fue Rubén Ismael. El detalle es que él perteneció a una generación donde la palabra del hombre era en mayúscula y no había espacio para el juego del doble sentido, la chanza o el irrespeto, es decir, no era confianzudo como solemos ser la mayoría de los venezolanos en la actualidad, en la que nos burlamos hasta de nuestras propias tragedias. Fue un hombre solidario, profundamente humano, tan humano que fue celoso de todo aquello que pudiera amenazar esa protección desmedida hacia uno de sus hijos más queridos: el Ateneo de Punto Fijo.
Con el Ateneo, Rubén fue ese quijote que año tras año peleó para que la institución rectora tuviera un espacio más digno, acorde con los tiempos modernos y lo suficientemente consistente en su accionar para que el respeto prevaleciera hacia el Ateneo. Y lo logró. Pudo ver realizado su sueño al concluir y entregar el nuevo Ateneo. Para él duró poco. Desde septiembre de 2004 hasta noviembre 2008. Sin embargo, a perpetuidad seguirá unido al él, pues el día de la inauguración de la nueva infraestructura, el 27 de septiembre de 2004, el gobernador Jesús Montilla por decreto nombró ese edificio como Ateneo de Punto Fijo “Rubén Ismael Padilla”.
Al principio algunos criticaron esa decisión. Sin embargo el tiempo ha dado la razón y justicia al gobernador de ese entonces. Hoy, sin duda, el nombre del profesor Padilla es una referencia al hablar de la cultura en Paraguaná, del Mariano de Talavera, del Ateneo y, por antonomasia, de la historia de Punto Fijo, ésta ciudad a la cual llegó desde Coro con su maleta de sueños y que hizo de ella uno de sus amores correspondidos con el recuerdo y la nostalgia de aquel, cuya imagen es la de un hombre viendo al Cerro de Santa Ana, con su guayabera blanca y las manos dentro de los bolsillos de ésta, viendo a su vez como Punto Fijo y la gente van creciendo y haciéndose uno solo en su campo Visual más allá de la muerte.

Punto Fijo – Estado Falcón – Venezuela

Interesante artículo que nos permite conocer otras facetas de mi admirado y querido profesor Rubén Padilla. Naturalmente, la remembranza que hace Simón Petit es de tiempos más recientes a los que yo recuerdo, cuestión de edad, que coimienzan a partir del año 1958. Padilla fue mi profesor de matemàticas en 1º, 2º y 3º años de bachillerato, era temido, más no odiado, y su impecable explicación, números perfectos y hermosa letra Palmer quedó en mi mente como ejemplo de lo que debe ser un profesor que conoce su materia. Lqqd. («Lo que queríamos demostrar» Padilla dixit). Gracias Simón.