ÁLVARO RAMÍREZ – EL CANDIL – AÑO V – N° 249.-
Pareciera que, en nuestros días de polarización por cualquier tema, hay pocos que escapan a ella. Uno de los que no generan una polarización inmediata es el relacionado con el trabajo infantil. No solo los legisladores interpretando buena parte del sentir ciudadano, se pronuncian y legislan en nuestros países velando por los derechos de los niños y en ese marco, prohibiendo y reglamentando el trabajo infantil, sino también el común de la gente y las autoridades responsables por el cumplimiento de las leyes, así como los medios de comunicación, son proclives a juzgar a los tutores o responsables por la utilización de los menores.
A pesar de estos esfuerzos y juicios, buena parte de los tutores de menores en sectores de pobreza extrema, aislamiento o desplazamiento, utilizan el trabajo de los menores y su aporte a la precaria economía familiar. En tiempos pasados en el sector agrícola y aún hoy en algunas culturas, la utilización de los menores desde edad temprana adoptando tareas productivas del negocio familiar es una práctica considerada como parte de la formación, como ciudadano laborioso y responsable. Probablemente en Latinoamérica esta es una de las situaciones que, más allá de la legislación, no abunda en soluciones que permitan realmente cumplir con el mandato en esos sectores de la población.
Según informe de OIT UNICEF de 2021, se revirtió la tendencia que mostraba disminución en la cifra de niños trabajando desde el 2000 al 2016 con una reducción de 94 millones. En el informe 2021 la cifra aumentó a 160 millones de niños trabajando. El 70% de los casos de trabajo infantil (112 millones de niños) se dan en el sector agrícola, seguido del 20% (31,4 millones de niños) en el sector de servicios y el 10% (16,5 millones de niños) en el sector industrial. Alrededor de 8 millones se encuentran en América Latina y de ellos aprox. el 50% se encuentra en el sector agrícola. Indicadores indudablemente preocupantes. Especialmente por ser según sus cifras parciales, reflejo del maltrato a una buena parte del futuro de nuestra sociedad, los niños.
Sin embargo, según el informe también, cuándo calificar o no de “trabajo infantil” a una actividad específica, dependerá de la edad del niño o la niña, el tipo de trabajo en cuestión y la cantidad de horas que le dedica, las condiciones en que lo realiza, y los objetivos que persigue cada país. La respuesta varía de un país a otro y entre uno y otro sector.
En otras palabras, la definición de “Trabajo Infantil” no es absoluta, como se interpreta la mayor parte del tiempo y en general.
En algunas culturas, ¿o mercados podríamos decir? los menores son ampliamente utilizados en actividades, no necesariamente laboriosas y exigentes físicamente, como cualquier trabajo del campo o comercio informal. Están muy asociados al mundo del entretenimiento y la publicidad. Baste ver las cuñas publicitarias, películas, programas infantiles, bandas musicales, deportes y hasta reuniones políticas con sus pancartas y anuncios publicitarios, interpretando sentimientos, y capturando a través de ellos, seguidores de causas.
Es públicamente ventilado cómo, tutores de figuras infantiles manejan sus carreras y comprometen sus capacidades de producir con su esfuerzo, convirtiéndoles en imagen y herramientas de adultos, para conquistar, además de adultos conscientes y dueños de sus decisiones, a otros menores en su etapa de desarrollo, para que adopten comportamientos de adictos, no necesariamente orientados a mantenerse saludables y cubriendo sus necesidades físicas y mentales. Sin embargo, ya hay movimientos concretos como el de la ciudad de Nueva York, demandando a las cadenas de redes sociales y productores de aplicaciones y plataformas, para evitar lo que en el trasfondo es una realidad según sus cifras, los daños colaterales crecientes, como la dependencia y problemas emocionales en esos sectores demográficos. La población infantil y juvenil objetivo, que no necesariamente trabaja físicamente, pero sufre las consecuencias del trabajo infantil de otros. Personalmente, no sé cuál balance es peor, si el del niño trabajador rural que tiene pocas posibilidades de ser población objetivo de otros influencers, pero se pierde las oportunidades de la tecnología a su servicio, o la población urbana de niños que aun cuando no sufren el trabajo físico están expuestos al impacto de otros, trabajando, considerándolos su objetivo.
No puede ser mas acertado el reporte cuando analiza la pretendida objetividad con que se utiliza el término y la real interpretación en el terreno.
El trabajo infantil se ve como un blasón de algunas sociedades, pero probablemente se expone con orgullo cuando se trata de la biografía de cualquier líder mundial que “empezó a trabajar muy pequeño” para ayudar a su familia y eso se considera y aplaude por la audiencia, como pilar firme para el logro del éxito. No como un juicio a sus padres, por el contrario, se pretende transmitir como el orgullo de tutores visionarios.
¿Incoherencia social? ¿Conflicto de valores?
El término “trabajo infantil” suele definirse como todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico. Yo cambiaria en nuestros días en esa definición dos palabras: “todo trabajo” por “toda actividad”. Un cambio aparentemente leve, pero profundo para que sirva de base, por qué no, unificadora, en el accionar de la sociedad para enfrentar el problema.
No sé cómo encajará en la pretendida definición objetiva, mi apreciación sobre la situación de los niños y su exposición a ciertas actividades y procesos de formación.
Creo en la necesidad de formar a los niños en el valor del reconocimiento al esfuerzo, como pilar fundamental para fortalecer su autoestima. Que aprenda desde etapa temprana, a valorar también el trabajo de los demás. Que entienda que su capacidad de acción está asociada a su esfuerzo y que con él puede lograr oportunidades de crecimiento. Que un propósito sustentado por el esfuerzo y la disciplina rinde frutos y también, que es posible ser el arquitecto de su destino. Que con esfuerzo puede influir en los seres que lo rodean, pero también que puede utilizar ese esfuerzo para su bien, o para su desgracia si atropella a los demás, porque como en la física, no hay acción sin reacción. Creo que a los seres humanos desde niños debe transmitírsele con experiencias, que las acciones positivas conducen a reacciones favorables y que las acciones contra los demás, tarde o temprano conducen a acciones correctivas. En fin, que el desperdicio del esfuerzo del que es dueño es un desperdicio de oportunidades de crecimiento.
Creo en la apropiada remuneración de ese esfuerzo desde la niñez, brindándole oportunidades de invertir esa remuneración en su propio desarrollo, a quien lo aplica en actividades que la sociedad que lo rodea valora. Es la remuneración por la capitalización de su esfuerzo, como lo será en todas las etapas la vida que tiene por delante. Las becas no se regalan, se ganan. Las certificaciones de conocimientos y capacidades no se usurpan, se obtienen esforzándose por aprender. La verdadera admiración no se compra, se gana con el modelaje. La lealtad y respeto de los demás no se impone, o conquista con limosnas o látigo, se logra con rectitud. El verdadero trabajo comunitario sumando esfuerzos, no se puede simular, se practica.
No creo en el trabajo infantil para sufragar las necesidades de otros en desmedro del apropiado crecimiento físico y mental del niño.
Creo en el trabajo infantil productivo y constructivo: Toda aquella actividad que cultive en los niños, su dignidad, su autoestima y su potencial productivo y refuerce su desarrollo físico y psicológico, ayudándolo en la definición y aplicación de su estilo de liderazgo para el logro de sus metas.
Cualquier actividad ejecutada por un niño, que cumpla con este propósito, debe ser objeto de la apropiada remuneración por parte de la sociedad donde se desarrolla y en la cual va a invertir sus esfuerzos. Es la mejor forma de fortalecerlos para que puedan protegerse y protegernos, en un futuro, como cosecha a la siembra de los valores descritos.


Álvaro Ramírez
Ingeniero Industrial con entrenamiento en USA, England, Holland, UCLA, Penn State y Michigan. Gerente de logística de bienes y servicios operaciones y proyectos en Shell de Venezuela, Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), Petroquímica de Venezuela, S.A. (PEQUIVEN), BARIVEN, y Canadian Oíl Company de Colombia. SEO PROCURAMOS, proyectos, consultoría y asesoramiento internacional.