ENFOQUE LIBERAL – ENFOQUELIB – EL CANDIL – AÑO III – N° 130.
Las empresas, sean grandes, medianas, pequeñas o micro, así como todos los trabajadores independientes de todos los rubros existentes en el mercado, constituyen la fuente de recursos que sostiene al Estado.
A diferencia de los empresarios, trabajadores y autónomos, el Estado no posee riqueza generada por sí mismo, sino que necesariamente requiere tomarla de los primeros ?que son quienes la producen? para auto sustentarse.
Dada su naturaleza coercitiva, el Estado no puede participar (legítimamente) en el mercado como sí lo puede hacer cualquier oferente de bienes o servicios, puesto que, de entrada, poseería una ventaja por sobre los demás al detentar el monopolio legal de la fuerza, así como el control del ordenamiento jurídico, que inexorablemente ocasionaría una distorsión en el mercado y los procesos que en él suceden, tal y como sucede con los fenómenos económicos de la inflación y los ciclos económicos.
Desde el punto de vista liberal clásico, el Estado es necesario única y exclusivamente para el papel protector de los derechos del individuo a través de instituciones como los tres poderes que lo componen (ejecutivo, legislativo y judicial), y otras dependencias (Policía Nacional, Fuerzas Armadas) encargadas de emplear la coerción de manera legal (aunque no siempre de manera legítima).
Otras funciones tales como proveer servicios de educación, salud, planes sociales (subsidios), entre otros, se desentienden de la naturaleza del Estado dado que necesariamente implican socavar dos derechos cardinales: el derecho a la propiedad, puesto que los fondos económicos empleados en la financiación de esos programas gubernamentales exige sustraer de los contribuyentes una cuantía que está más allá de lo necesario para sostener al aparato estatal; y el derecho a la libertad, dado que, al restarse una porción de los ingresos de los contribuyentes, estos se ven impedidos de decidir voluntariamente cómo emplear ese dinero.
Algunos estatistas afirman que el Estado proporciona servicios que superan lo que se recauda en impuestos, ya sea a través de carreteras, puentes, escuelas, hospitales, seguro social, etcétera. Pero como el Estado no puede generar recursos económicos, se va por el camino opuesto y genera deuda por medio de instrumentos financieros tales como la emisión monetaria o bonos de diversa índole, así como préstamos que generan un incremento de la deuda nacional.
En cualquiera de los casos, la deuda generada siempre es repuesta por los contribuyentes, sea con incrementos en las tasas tributarias o creando nuevas figuras impositivas. En este punto queda claro que nada, literalmente nada, que ofrezca el Estado puede ser gratuito: todo bien o servicio dado «gratuitamente» necesariamente ha tenido que ser financiado por alguien más.
Tampoco es dable afirmar que se tratan de «derechos» que le asisten a todos: nadie tiene el derecho de que sus necesidades sean financiadas a costa del trabajo de otros. Existen otras maneras de brindar asistencia y ser solidarios que no erosionan los derechos individuales.
Entendido esto, es completamente descabellada la idea estatista de que el pago de impuestos es una forma de retribuir lo que el Estado brinda a sus ciudadanos, o dicho de otra forma, los impuestos son el costo de la civilización.
Todos quienes trabajan y, en consecuencia, generan la riqueza (sea esta dineraria o en bienes y servicios) que sostiene a sus sociedades y naciones.
Ningún ciudadano le debe nada al Estado, pues todo lo que este pueda proporcionar es financiado íntegramente por todos los contribuyentes.
La noción de la viabilidad del intervencionismo estatal solo puede alinearse con los inmorales deseos de poder y control de un tirano.
