Sobrevivir y transcender

ÁLVARO RAMÍREZ – EL CANDIL – AÑO VI – N° 264.-


En estos meses están abiertos varios frentes electorales en Latinoamérica. Oyendo las campañas, casi que ineludiblemente los candidatos, no solo a la presidencia, sino también a los cuerpos legislativos y ejecutivos tanto regionales como nacionales, hablan de cambios. Bien sea aquellos que tienen lustros en el poder o quienes quieren que los designen, por primera vez como representantes de los electores, apelan en la población a su deseo de cambio y es lo que prometen. Cambiar. Difícilmente se oirá en las promesas, cómo hacerlo. Es casi que imposible oír a algún candidato a algo, prometer reforzar algo que se venga haciendo. En otras palabras, que haya algo positivo en resultados anteriores. Eso es imposible de reconocer.

Y es que en cada periodo se viene dando un cambio del que no se habla. Un cambio progresivo, hacia la desaparición de algo que en épocas anteriores y aún hoy en algunos sitios, caracterizaba la gobernanza de las sociedades: LA HUMILDAD. Especialmente frente al conocimiento, habilidades y experiencia. No es posible reconocer algún acierto en otros, por parte de quienes aspiran a implantar un cambio.

También en ese en juego democrático de gobierno ha venido tomando fuerza un factor. La capacidad aglutinadora de las sociedades latinoamericanas alrededor de los “derechos”. Todo el mundo habla hoy de derechos. 

Aparentemente es necesario rescatar los derechos de la sociedad representada.

El lenguaje hoy es de derechos, cambios significativos (o revolucionarios) y poca humildad para reconocer ideas diferentes

Los miembros de la sociedad deben, aunque se esté dando una disminución del valor de la humildad, trabajar por sus derechos, y pareciera que, en la vorágine de los avances tecnológicos y la competencia por la productividad y eficiencia, no se pueden descuidar los derechos de la sociedad, no hay mucho tiempo.

Siempre, pareciera que lo que hay que buscar es cambios radicales. El supuesto cambio que se requiere no puede ser cualquier cambio o mejora progresiva. Debe ser radical, a cualquier costo y obviamente, liderado por alguien que si “sabe” cómo salvar la sociedad y además tiene la voluntad de hacerlo. A diferencia de cualquier predecesor que no tenía el conocimiento y además no estaba interesado en salvarlos.                                                                                     

En el mundo de las comunicaciones inmediatas y de la posibilidad de identificar las necesidades comunes, florece la opción de poner de manifiesto y luchar por derechos de los miembros de la sociedad en forma radical, de allí la necesidad de cambios de ese tipo. 

Ya no se habla solo del derecho a la vida, el derecho a la salud, el derecho al trabajo, a la libre expresión. También se habla y apoya,  el sagrado derecho a la rebelión, (Como lo bautiza un, ahora mandatario, latinoamericano); a reinterpretar la historia (derrumbar estatuas y símbolos centenarios); a hacer cercos humanitarios para retener a los representantes de la ley (retención del ejército y obligación de liberar un detenido); a ser patrocinado por legisladores para lograr ejecutar “bloqueos pacíficos” (dejando sin insumos médicos y circulación de ambulancias a poblaciones); a dar cobijo a autores de crímenes de lesa humanidad de países vecinos (reclutadores y violadores de acuerdos de paz internacionales). 

El problema que se presenta hoy en día es que, ante tantos derechos, y de tan diferente índole, los cambios supuestamente esperados, supuestamente necesarios y también supuestamente posibles, son diferentes.

Como cualquiera fácilmente puede ver, supuestos derechos a que aspiran algunos miembros son una declarada violación a los derechos de otros, en un claro atentado al intento de convivencia pacífica civilizada.    

Como consecuencia y después de tantos movimientos pendulares, errores de selección, y escogencia obligada del “menos malo” y no del más capacitado, pareciera que el pueblo, después de seleccionar a sus representantes, debe salir siempre a celebrar el triunfo de la democracia por el solo hecho de votar, aunque en una buena parte de esa población, quede el sabor de la derrota, acompañada del deseo que los ganadores se equivoquen, cometan muchos errores y tengan malos resultados, para volver a aspirar a una nueva propuesta de cambio.

Seguimos en lo que parece ser, apostarles a los cambios para seguir en lo mismo:  Alejados de la búsqueda de la productividad, competitiva en el concierto de sociedades, separadas por fronteras, muchas veces accidentales, no geográficas.

En ese ambiente de repetición de experiencias, de falsas expectativas no satisfechas y se altos precios pagados por la sociedad y agotamiento se hace normal, que buena parte de los miembros de la sociedad al delegar su representación, juzguen como algo positivo, lograr que cada candidato a administrar sus recursos les ofrezca “sobrevivir”, como resultado del cambio que propone, y les aclare que, de lo contrario, si no le dan su representación y permiso, están condenados a sucumbir.  Una promesa de supervivencia más asociada a la “distribución” que a la “retribución”. Alejada lo más posible de la exigencia de compromiso individual o colectivo con el beneficio que se espera obtener.

Esa oferta de supervivencia puede ser la diferencia entre, la conformación de una sociedad progresista, (de verdad, no de simbolismo retórico), pujante, deseosa de vivir cada vez mejor, en medio de valores asociados a la superación mediante el esfuerzo, y otra sociedad, entregada, resignada, mendicante, cansada, que no se siente capaz de superar los obstáculos sin la ayuda de mesías desinteresados.

Adoptar la segunda es aceptar que la sociedad a la que se pertenece sea veredal, municipal, estatal o nacional, puede declarar derechos, aunque no sepa ni tenga previsto como cumplirlos. Pueda decidir si cumple o incumple compromisos. Puede consumir más de lo que produce pretendiendo no pagar por ello o, como dijo un mandatario prototipo de esta forma de pensar, declarando que “Dios proveerá”. (cuando lo escuché sentí pena por los ateos, que perderían todo el sustento de sus generaciones venideras)

Condenar reiteradamente, en el discurso y con las acciones, a una sociedad a declararse incapaz, es lograr que reconozca que no es dueña de su destino. Es lograr que resuelva colocarse en manos de alguien que le indique el camino y le fije los valores bajo los cuales regirse. Es promover una sociedad inútil, aunque agresiva entre sus componentes y dispuesta a entregarse al primer mesías que aparezca evadiendo su compromiso con generaciones futuras.

Una sociedad que acepte pasivamente y esté dispuesta solo a SOBREVIVIR, sin ningún respeto y aprecio real por el conocimiento, el compromiso y la disciplina, aunque por ello les cargue un precio muy alto a sus descendientes: Ser alegres pero infelices, (se puede consultar el ranking anual y ver las posiciones de nuestros pueblos, que allí se publica) evadiendo y envidiando lo que pudo haber sido y no fue.

Adoptar el otro modelo de sociedad, la pujante y comprometida con los resultados sin evadir responsabilidades, es la que puede conducir más allá de la simple supervivencia, a transcender y ser el pilar de sus descendientes.



Álvaro Ramírez

Ingeniero Industrial con entrenamiento en USA, England, Holland, UCLA, Penn State y Michigan.  Gerente de logística de bienes y servicios operaciones y proyectos en Shell de Venezuela, Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), Petroquímica de Venezuela, S.A. (PEQUIVEN), BARIVEN, y Canadian Oíl Company de Colombia. SEO PROCURAMOS, proyectos, consultoría y asesoramiento internacional.  


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