LA CALLE 2 -SIMÓN PETIT ARÉVALO – El Candil Pedregalero – Año II – N° 98 .-
Apenas comenzando el 2021 recibí la triste noticia de la desaparición física de Porfirio Rodríguez. Amigo, maestro y referente cultural de esta ciudad de Punto Fijo en los últimos sesenta años. El y, otro gran amigo también ya desaparecido, Vicente Hernández, fueron unos de los tantos emigrantes canarios que llegaron a Venezuela y se establecieron en Paraguaná, haciendo de esta tierra peninsular también la suya. Los dos fueron ese motor entusiasta para los inicios del teatro en el Centro Hispano a mediados de la década de 1950 y principio del 60, y también en el fortalecimiento de las propuestas escénicas del teatro Espejos del Ateneo de Punto Fijo entre 1980 y 2000. Mucho hay que decir y contar sobre los aportes que hicieran al teatro; pero es justo destacar también el que hicieran para el cine, el cine falconiano para ser más especifico.
La organización de los festivales regionales y nacionales con sede en Punto Fijo, tiene mucho que ver con estos dos amigos, y por supuesto con más personas que lograron hacer de esos eventos cinematográficos una cita obligada para los realizadores del cine nacional. Hablo de Porfirio y Vicente e incluyo a Pepe Salamanca porque con ellos comenzó el Festival Regional de cine Super 8 a finales de la década de 1970; pero también nombro a Pedro Urbina y Adriana González, a Saira Romero, Dora Landaeta de Hernández, José Bracho, Leonel Núñez, Indiro Delgado, Carolina Weffer, William Nieto, Jorge Luis Naranjo, Iraida Romero, Reynaldo Hurtado, Julio Colmenares, Humberto Reyes, Almodio Jiménez, Máximo Reyes, Rubén Ismael Padilla y Guillermo de León, como parte de aquel equipo que conformaba un contingente de ateneístas que entregaron alma, cuerpo y corazón desde 1983 a 1990 al Festival Nacional de cine Super 8 y el cine falconiano.
El festival fue uno de los acontecimientos que más proyección nacional en su momento tuvo el Ateneo de Punto Fijo. Y con él una pléyade de cineastas se encontraban cada año para ver la competencia en cuanto a las producciones que se presentaban; pero la verdad iba más allá de esa formalidad y el asunto era encontrarse. Y fue así como en los pasillos del ateneo podía verse a un Diego Risquez conversando con Carlos Castillo sobre sus proyectos fílmicos, a Olegario Barrera y Edgar Anzola visualizando su próximo proyecto en los festivales de Europa, a Víctor Rodríguez y Augusto Pradelli como dos pupilos que se perdían de vista, a Milton Crespo con su pasquín La Bola Negra “chalequeando” a José Chinchilla y Rubén Chamorro, a Boris Izaguirre con su ojo crítico para el espectáculo y a su padre Rodolfo Izaguirre con su exagerado gestualismo al hablar sobre el acontecer cultural, a Alfredo Medina levantando con orgullo el estandarte falconiano en la capital del país junto a Keymer Vargas, quien en su calidad de subdirector de la Cinemateca Nacional fue un extraordinario promotor del cine y el teatro en nuestro terruño, a Julio Miranda y Freddy Siso discutiendo sobre algún guión para sus futuros filmes, a Mayte Galán y Sara Robi proponiendo a través de la imagen con música y poesía la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y que con los años se convertiría en lo que hoy se conoce como la igualdad de género, en fin, allí estaba el que menos imaginábamos quién era y que posteriormente iría cincelando su nombre con luz propia en las marquesinas y el espectro del cine venezolano en los años posteriores.
Ese festival sirvió para que Vidal Zabala presentara su película Claro de Luna. Para filmar Tránsito de Sombras, dirigida por quien esto escribe con el apoyo de esos amigos que referí al comienzo de este texto. Para que Douglas Salazar hiciera Rojo Pincel y Vicente Hernández compartiera conmigo la dirección y protestara la muerte del formato y el festival con Dos Minutos de Silencio. Y también sirvió para que Paraguaná fuese epicentro de muchas producciones en formato de 16 y 35 mm en el cine nacional e internacional. La razón para considerarla como una locación deseable, eran precisamente las facilidades que el equipo de producción del ateneo ofrecía a los realizadores con su experiencia y eficacia.
Pero como lo canta Lavoe, Todo tiene su final. Al llegar los 90 ya no había festivales y años después fue cuando Indiro Delgado organizó un festival de cine y video en el 2006 y 2007. Desafortunadamente no tuvo el mismo éxito que los festivales del Super 8. Y allí quedó todo.
La inquietud que siempre tuvimos quienes logramos hacer cine en ese tiempo fue precisamente el futuro de éste en Falcón. Hoy día funciona la UNEARTE y dentro de sus carreras está la audiovisual. Jóvenes que en la actualidad experimentan y ejecutan lo aprendido en las aulas y aunado al avance de las tecnologías y programas de edición, las propuestas contemporáneas que surgen a la luz se presentan al público con muy buena factura. Ojalá en un tiempo cercano podamos organizar (digo podamos porque me pongo a la orden) un festival donde volvamos al esplendor de la muestra y la competencia, donde el cine hecho en Falcón no solo quedaba bien representado en la contienda sino que ganaba los premios más importantes.
El 28 de enero es el Día Nacional del Cine Venezolano. El mejor homenaje a nuestros coterráneos serían los aplausos de pie para Porfirio Rodríguez, Vicente Hernández, Leonel Núñez y Keysmer Vargas quienes abrieron con el cine y el teatro, el difícil camino para construir una historia de películas para los demás. Es justicia recordarlos en esta hora, como parte de ese legado que dejó para los cineastas venezolanos Manuel Trujillo Durán.
Punto Fijo – Península de Paraguaná – Estado Falcón – Venezuela
